Entre velas aromáticas y altos jarrones de flores, Beto Mares convivió seis años con su novio Ángel, portador del VIH. Para evitar un posible contagio, fueron siempre cuidadosos durante el sexo. Así, este médico y ex bombero peruano de 37 años, se mantuvo negativo. Su vida en pareja en Queens era tranquila, sin muchas salidas nocturnas. Beto amaba Nueva York porque, a diferencia de Lima, aquí podía ser gay sin ocultarlo.
Cuando hace un año el Sida terminó por matar a Ángel, Beto perdió el control, relata con dolor, sentado en el mismo departamento de Queens. Tres pares de platos cuadrados de cerámica adornan la mesa de centro, pero él ve todo borroso. Sus ojos empañados miran al techo en cada frase entrecortada.
Cuenta que empezó a salir cada vez más a bailar y a consumir cada vez más crystal, una droga que lo hacía sentir el tipo más sexy del mundo y que se llevaba sus problemas, responsabilidades y su sentido común a un rincón lejano de su mente.
Sus encuentros sexuales se multiplicaron. El hogar que había compartido con Ángel se convirtió en escenario de sus noches de juerga con un extraño y con otro y con tres o cuatro a la vez: “El sexo que tenía era totalmente sin protección. Sabiendo que la gente con la que tenía sexo era positiva, no usaba condón”.
La fórmula fue: drogas más sexo, multiplicado por muchos hombres, y sin preservativos. Y el resultado tuvo precisión matemática: en tres meses de crystal y sexo, Beto se convirtió en portador del virus del Sida. “¿Quién me infectó? Yo no sé ¿A quién yo infecté? Yo no sé”.
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Este hombre musculoso, de jeans ajustados y voz suave que solloza en su living es uno de los tantos rostros de un mal que se extiende dentro de la comunidad gay de Nueva York. El crystal, una droga altamente adictiva que estimula conductas sexuales arriesgadas y que, según los expertos, es una de las principales causas del preocupante aumento de los casos de VIH positivo entre varones gay en la ciudad. El consumo es tal que las autoridades temen que se extienda ahora en forma masiva a otros sectores de la población. Por su capacidad adictiva y el daño que causa, el crystal podría convertirse en el nuevo crack, la epidemia tóxica del siglo 21.
Su efecto más notorio es una fuerte excitación sexual. Parece sal, es un polvillo entre blanco y transparente. Un cuarto de gramo es suficiente para un fin de semana salvaje y se consigue por sesenta dólares. Barato comparado con otras drogas en esta ciudad cara.
En la calle lo llaman crystal meth, Cristina, tina, tiza o speed. Su nombre científico es metanfetamina y es un derivado de las anfetaminas que se fabrica a bajo costo y con ingredientes que cualquiera puede conseguir (amoníaco, ácido de baterías, descongestivos). Se puede inhalar, fumar, inyectar, tragar. Y hay quienes se lo inyectan directamente en el recto con una jeringa sin aguja.
Se dice que los pilotos kamikaze japoneses la usaban durante la Segunda Guerra Mundial. No es exclusiva de la cultura gay: en la última década, su uso se expandió por todo el país desde la Costa Oeste y arrasó sociedades rurales del centro del mapa estadounidense, donde los consumidores son mayormente blancos, pobres y heterosexuales. Según las más recientes cifras oficiales, un millón y medio de personas la consumieron en 2002. Luego de la cocaína, es la droga que más preocupa a funcionarios de la agencia anti drogas DEA.
Pero es en el Greenwich Village y Chelsea, los barrios gay neoyorquinos, donde el peligro se duplica. Allí, la metanfetamina se vuelve inseparable de su sombra, el VIH. Por eso, tres organizaciones civiles acaban de lanzar campañas de publicidad para empezar el combate anti crystal.
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“Te hace sentir invulnerable y sexy”, explica Bárbara Warren, una sicóloga especializada en adicciones que trabaja en el Centro Comunitario de Gays y Lesbianas en el Greenwich Village. Expertos, activistas y ex adictos dicen que el crystal provoca muchas conductas no recomendadas entre grupos de alto riesgo de contagio del VIH: tener sexo durante mucho tiempo y con muchas personas, tener sexo con desconocidos, no usar preservativos o no preguntar si la otra persona es portadora del virus.
Y hay otro efecto peligroso. Junto con la enorme excitación sexual, el speed causa un síntoma que en los círculos gay llaman irónicamente crystal dick (pene de cristal): por más excitados que esté quien lo usa, no puede lograr una erección y eso lo lleva a tener sexo anal receptivo. Otros combinan la droga con Viagra.
“En ningún momento piensas en condones, piensas que tienes el control de la situación. Puedo entender el atractivo del crystal. Nunca me sentí tan poderosa”, cuenta Warren recordando su propia experiencia cuando probó la droga en los años ’60.
“Los consumidores que están en un viaje de crystal se arriesgan más”, afirma en su despacho de la New York University el sicólogo y profesor Perry Halkitis, pionero en la investigación de esta droga en la ciudad. “Es casi la droga ideal para diseminar el VIH”. Semejante cuadro, según Halkitis, creó la posibilidad de una doble epidemia de adicción y Sida en NY. “La droga hace mucho más probable la posibilidad de pasar de VIH negativo a positivo. La mayoría de los nuevos casos de VIH entre hombres gay ocurre con hombres que consumen crystal”.
En las últimas encuestas que Halkitis hizo entre homosexuales que frecuentan nightclubs, bares y saunas, el veinte por ciento dijo haber consumido crystal en forma reciente, el doble que en 1998.
La droga se difunde principalmente en la escena Party N’ Play, una frase en clave que se refiere a la combinación de drogas -crystal, éxtasis, ketamina, cocaína- y sexo como una experiencia en sí misma. Los escenarios habituales son las discotheques gay y un puñado de saunas. Pero, según Dan Carlson, un ex consumidor, también hay “fiestas de sexo (que) son fáciles de hallar por medio de sitios de encuentro en Internet”.
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El barebacking o ‘montar en pelo’ es el hábito creciente de tener sexo sin protección que invade la noche gay. Enojado, además, por la falta de acción contra el speed, Dan Carlson fundó, con otros activistas, el Foro VIH de Nueva York. “Había gente a la que yo no le importaba una mierda. Y querían tener sexo conmigo sin condones”.
Fue en ese ambiente que el delgado y moreno Cristian Gonzales, de 26 años, conoció al crystal en 1998. El peruano llegó a Estados Unidos a los cinco años y ya de adolescente se hizo adicto en las llamadas circuit parties, fiestas de música electrónica que se hacen en distintas ciudades y donde se encuentran jóvenes gay de todo el país.
“Me encantó. Toda esta música, luces, el DJ, chicos lindísimos alrededor mío sin camisa, todo sexy”. La droga potenciaba la experiencia. “La comencé a tomar más y más. Tuve sexo sin protegerme. Ellos (sus ocasionales parejas) también, porque nadie piensa en las consecuencias. Cuando estás ‘viajando’ todo se va afuera de la ventana. Sabes (de los riesgos), pero no te importan”.
Cuando el viaje de crystal termina, la depresión es muy fuerte. “Bajar es horrible. Yo me quería suicidar”, recuerda el activista Carlson.
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A Beto y Cristian la droga empezó a causarles ataques de paranoia. Beto llegó a llamar a la policía porque pensaba que alguien lo acechaba en el apartamento vacío donde estaba. Otra vez, se pasó una semana pensando que sus amigos lo iban a hacer arrestar, que la policía lo seguía en el metro, que había una cámara que lo filmaba desde dentro de su televisor y micrófonos en el teléfono. “Fue la paranoia más grande de mi vida. Por miedo a que la policía me encontrara, boté todas las drogas que tenía en esta casa”. Fue así, casi de manera accidental, que empezó a recuperarse, con ayuda de un grupo de terapia y un médico. No toca el speed desde febrero.
Cristian escuchaba voces, veía gente sin ojos, sombras. “Me preguntaban cosas y yo les respondía. Las voces me decían que tenía que matar gente”. Veía sangre en los cuellos, cuchillos en los corazones. “Un día te sientes muy feliz, otro día te quieres matar”.
La mala noticia es que, a diferencia de la heroína, que se puede tratar con metadona, no hay un medicamento para la adicción al crystal meth, asegura Bret Larson, director de la oficina para Salud de Gays, Lesbianas y Transexuales de la ciudad. Por ahora, la única vía de salida es por medio de sicólogos, terapeutas y grupos como Crystal Meth Anonymous, que tiene veintiún encuentros semanales en Nueva York.
El porqué del crystal se ha discutido mucho. Algunos dicen que la comunidad gay está agotada de tener miedo al Sida. Que gracias a los cócteles de medicamentos hay una generación que no ve al VIH como sinónimo de muerte. O que el crystal es una forma de rebelarse ante una sociedad que rechaza a los gays.
El consumo ha crecido en los últimos seis años, pero el problema hasta ahora no había salido a la superficie. Peter Staley, activista anti Sida y ex adicto, desató el debate cuando invirtió seis mil dólares en pósters que decían: “Grandes Rebajas. ¡Compra crystal, llévate VIH de regalo!” Los habitués de la escena nocturna vieron en los afiches un ataque a su estilo de vida, pero Staley logró la atención de los medios y el gobierno local. “Todos en la comunidad (homosexual) hablaban del tema”, afirma Bill Henning, editor jefe de la revista gay Genre. Y la sensación compartida, dice, es que esto está destruyéndolos.
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Según los expertos, éste es un momento clave para que las campañas de prevención y tratamiento corten el consumo de speed y eviten que se extienda a otros grupos sociales. El agente Christopher Giovino, de la oficina local de la DEA, dice que la situación podría empeorar. “No queremos que se convierta en el próximo crack de Nueva York”, insiste.
Pero el investigador Halkitis hace una predicción poco optimista. “El consumo se va a mantener en el mismo nivel en la comunidad gay y va a aumentar en el resto de la población”. Y advierte: “Estamos empezando a ver uso de crystal entre jóvenes heterosexuales de 18 a 25 años”.
Muchos miran a Los Angeles, donde la epidemia de crystal comenzó hace diez años. “Aquí hay un alto grado de desesperanza en la comunidad gay”, dice desde allí el escritor Patrick Moore. “Aquellos que sobrevivimos a la primera ola de la crisis del Sida estamos viendo cómo nuestros jóvenes marchan, al parecer deseosos, camino a ser infectados”.
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