Nota principal: La historia de una cárcel
“Gracias a Dios que se va”, es lo primero que dice Laura, una señora de 58 años que vivió los últimos diez en la esquina de la cárcel de Caseros, cuando le preguntan su opinión sobre el traslado de la unidad penal. Para los vecinos de Parque Patricios, quienes desde 1979 tuvieron que convivir con la gigantesca cárcel como una parte más del barrio, la mudanza de los presos y la próxima demolición del lugar significan el regreso de la tranquilidad, luego de 21 años.
“Sentíamos siempre a la madrugada los cacerolazos, los gritos… y después venían los balazos de goma”, relata Alfredo Otero (69 años y 40 en este barrio del sur porteño), quien aprovecha su paseo de la tarde para pasar frente al mastodonte, ahora silencioso y vacío.
El único sonido que se deja escuchar desde las entrañas de la cárcel es el de los taladros que trabajan dentro para desarmarlo hasta dejar sólo el esqueleto, que será derribado por cargas de explosivos en lo que promete ser un gran espectáculo para el barrio. “No me lo pienso perder. Aunque trabaje, ese día lo vengo a ver”, se relame Carlos Dening (57), sentado en el Parque Ameghino, en uno de los bancos que miran al penal desde el otro lado de la avenida Caseros.
“Antes, a esta hora, acá no podías estar”, cuenta. “Era un ‘despelote’. Gritaban cosas obscenas, incluso a los que los visitaban. Los alborotos eran mañana, tarde y noche. Ahora hay un silencio total, es buenísimo”, contó.
La única que muestra cierta decepción por la ida del penal, de los presos y, por lo tanto, de sus familiares, es Silvia Bell (38), la dueña del único bar que queda en la vereda de enfrente de la cárcel, sobre calle Pichincha. “En el sentido comercial, odio que se hayan ido. Yo me manejaba con el movimiento del penal”, lamenta, pero enseguida aclara que “por el lado de la seguridad, me parece bien que se lo lleven”.
Es que la cárcel que se fue se llevó consigo todo un mundo. Ya no vendrán los familiares a visitar a los presos, ni a dialogar con ellos a los gritos desde la calle, ni a esperar los mensajes que caían dentro de bolsitas desde alguno de los 15 pisos de pabellones, ni a angustiarse cuando sabían que adentro había alguna revuelta, pero nada más.
“La gente valoraba que estuviera acá. Abría el negocio a las 4 o a las 6 de la mañana. Ellos se refugiaban del frío, de la lluvia”, comenta Silvia. “A veces, es como que los extraño”, confesó. Tampoco van a estar los guardiacárceles, entre quienes ella también supo hacer amigos: “Yo fui a velatorios de penitenciarios”, dice.
En los 12 años que pasó detrás del mostrador en ese local, la mujer vivió varios grandes motines desde una posición incómoda porque, asegura, “estaba en el medio de los dos bandos”. Y de esas situaciones límite guarda malos recuerdos: “Vi a penitenciarios que eran tomados de rehenes, que los ponían contra la ventana con una ‘faca’ en el cuello. Y yo pensaba: ‘Lo atendí en el bar hace media hora y ahora está al borde de la muerte’ “, recuerda.
Otero, quien vive a una cuadra y media, pero desde su departamento en el quinto piso tendrá un palco preferencial cuando se haga la implosión del edificio, recuerda que “sustos no pasamos tantos, sólo una vez que unos presos se escaparon corriendo por el parque. Pero al barrio lo favorece (el cierre), tendría que haber desaparecido hace años. No se puede tener una cárcel sobre una avenida”, agrega.
Ahora, desde el 9 de agosto pasado, cuando trasladaron a los últimos presos a una unidad penal “a estrenar” en Ezeiza, todos los momentos vividos ya son recuerdos, que aunque no se olviden tampoco se repetirán.
El ejemplo más claro del cambio de humor en el barrio es el del propietario de una casa de dos pisos, en la esquina de Pichincha y Rondeau, la más cercana al portón de entrada de la prisión. Durante años, según relató su vecino Otero, la vivienda tuvo colgado un inútil cartel de “Se vende”, que al parecer no atrajo a nadie. Ahora, el letrero no está más.
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