San Francisco 2.0: No hay apps para esto

El acelerado crecimiento y la inversión afiebrada que lo impulsa son los motores del alocado costo de vida en San Francisco, una ciudad donde la desigualdad empieza a generar tensiones.

Desde San Francisco, 23 de octubre de 2015

Las oficinas de Pinterest en San Francisco.
Las oficinas de Pinterest en San Francisco.

Tenía que manejar a San Francisco temprano a la mañana y estaba preocupado. Iba a participar de un tour por las oficinas de startups digitales como Imgur, Twitter y Pinterest. La ciudad tiene fama de ser difícil para quien quiere estacionar y temía no encontrar lugar en cada parada.

No debí haberme preocupado tanto.

La “Frisco” de hoy ya no es tanto la capital de la contracultura que solía ser. Hippie, punk, beat, gay. Es más bien la capital de Silicon Valley, la sede de cada vez más corporaciones tech y de fortunas construidas en base a aplicaciones móviles. Es un lugar donde la tecnología resuelve los problemas de la gente. De la gente con first-world problems, al menos.

Una búsqueda rápida, tres toques de dedo y ya tenía en el teléfono SFPark, una aplicación desarrollada por la alcaldía. Te dice en tiempo real en qué cuadras y garages hay lugar para estacionar y a qué precio. Esto, porque los precios se ajustan cada tantas semanas en base a la demanda.

Hacer la información “transparente” para todos, cobrar según la demanda, resolverte la vida desde el móvil: así funciona “San Francisco 2.0”.

Esa imagen futurista se fue confirmando al entrar a la ciudad por la mañana.

Los anuncios de las autopistas están casi todos tomados por las empresas tech. ¿Por qué Twitter o el software para empresas Salesforce necesitan anunciarse allí cuando son productos globales, no locales? Los carteles parecen el equivalente de una bandera plantada en la Luna: “Aquí estamos”.

Al estacionar en un garaje monitoreado por SFPark, tenía la opción de usar Scoot, la “primera red de motos eléctricas compartidas”, a dos dólares por media hora. Obviamente, hay que bajar una app que activa la moto y reserva estacionamiento en el punto de destino.

Aquí, la frase ‘there’s an app for that’ no es un chiste de redes sociales. Es la vida misma, resuelta desde el móvil.

Salí a caminar por SoMa, el barrio al sur de la calle Market, una ex zona industrial donde las grandes naves de ladrillo desaparecen bajo los enjambres de grúas que construyen torres de acero y cristal para alojar a los obreros de la revolución digital.

Es que San Francisco crece como un adolescente con esteroides. Tanto que ya cayó en la arrogancia inmobiliaria que a veces precede al estallido de una burbuja económica: planear un rascacielos más alto que todos los demás. Una bandera en la Luna, pero gigante.

Una manzana entera en SoMa está tomada por las grúas que construyen la Salesforce Tower. Va a ser la más alta de la ciudad, más que la Pirámide Transamérica, ícono local junto a los tranvías y el Golden Gate. Salesforce pagará 500 millones de dólares por alquilar la mitad de sus pisos durante 15 años.

Claro que hay un detalle clave para los que dicen que la burbuja de Silicon Valley está a punto de reventar. Salesforce, que espera más de 6.500 millones de dólares en ventas en 2015, nunca ha completado un año fiscal con ganancias. Igual que Twitter o Amazon, es uno de los gigantes que por ahora invierten para crecer hasta monopolizar un mercado, sin importar si pierden dinero.

Esa mentalidad queda clara esa tarde en las oficinas de la red social de imágenes bonitas Pinterest. Tim Kendall, gerente general de monetización, explica por qué no cobra a las marcas que venden productos desde la app: “Estamos dispuestos a regalar cierta cantidad de valor para establecer un ecosistema de compradores y vendedores”.

Esas ansias de crecimiento y la inversión afiebrada que lo impulsa son los motores del alocado costo de vida en la ciudad. Muchas familias no pueden seguirles el ritmo a los arriendos: la popular app Zillow muestra sólo cuatro departamentos de dos dormitorios por menos de 3.000 dólares (hay 564 a 3.000 o más). Hay restaurantes que cobran 56 dólares por una hamburguesa.

¿Quién puede pagar eso? Los programadores veinteañeros de polera y jeans con el café en una mano y el iPhone en la otra. Las empresas tecnológicas compiten por contratarlos con sueldos altos y beneficios suntuosos en sus oficinas de techos de madera expuesta y sofás coloridos: comidas, masajes, gimnasios, videojuegos, barras de café, happy hours y mucho más, todo gratis y dentro de la empresa.

Afuera de sus grandes fachadas acristaladas, más allá de las paredes tapizadas con memes y “misiones y visiones”, la historia es otra. Los grupos comunitarios se organizan contra las expulsiones de inquilinos y la gente mira con desprecio a los Google Buses de lujo que llevan a los jóvenes trabajadores a Silicon Valley cada mañana.

La desigualdad se siente en la calle. Las bicicletas, uno de los medios de transporte favoritos, necesitan un candado para el marco, uno para cada rueda y otro para el asiento. Y aunque, gracias a SFPark, estacionar en la calle es más fácil de lo que parecía, hay que tener cuidado al bajarse. No vaya a ser que pises a alguno de los muchos “sin techo” que duermen en las aceras.

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