Matan a balazos a tres hombres en una villa del Bajo Flores

12 de febrero de 1999

Acribillados a balazos cuando descansaban después de un partido de fútbol, dos peruanos y un argentino murieron y otro peruano quedó herido. Fue en un ataque sorpresivo y a sangre fría en una villa del Bajo Flores, ayer al mediodía. La Policía dice que fue una venganza entre bandas del lugar.

Unos veinte tiros retumbaron ayer a la una de la tarde en las paredes sin revocar de las casas de la villa 1-11-14, frente a la cancha de San Lorenzo. El sonido de los balazos venía de una canchita de fútbol a la que se llega después de caminar unos treinta metros por pasillos estrechos.

Allí, diez hombres habían estado jugando al fútbol bajo el sol fuerte del mediodía. Luego, descansaban al lado de la canchita de cemento, rodeada por muros, mientras se refrescaban con gaseosas.

De repente, otro grupo entró a la cancha y, según dijo la Policía, no hubo discusiones ni golpes. Sólo unos veinte disparos. No se sabe exactamente cuántos eran los agresores ni cuántas armas tenían, pero su ataque fue salvaje y efectivo: los tres muertos recibieron cada uno tres balazos (serían de pistolas 9 milímetros), aseguraron fuentes policiales.

Después del ataque, sólo quedó un silencio de cementerio: uno de los hombres murió en la galería de una casa, donde dejó un gran charco de sangre, a veinte metros del lugar donde los balearon. Hasta allí llegó herido de muerte. A mitad de camino, en una pequeña puerta de salida de la canchita, había más manchas de sangre en una pared que mostraban el recorrido que hizo en su agonía.

Los otros tres que fueron blanco de las balas alcanzaron a ser llevados al hospital Piñero. Pero dos no aguantaron mucho tiempo y murieron allí. El restante sobrevivirá: tenía una herida de bala en una pierna y estaba fuera de peligro, según dijeron en la guardia del hospital.

La Policía informó anoche que los muertos son: el argentino Marco Antonio Mendoza, de 50 (también se lo conocía como Julio Chamorro) y los peruanos Marcos Caprio Inostrosa, de 24 años, y Mario Marcelo Rossi, de quien no se informó la edad. Los tres tenían tatuajes en sus cuerpos. El herido es Keler Santillán Ramos, de 27, quien, según fuentes policiales, es indocumentado. Todos vivían en la villa.

El interrogante principal ayer era la identidad de los atacantes. El subcomisario Miguel Colombo, de la comisaría 36, dijo que se manejaban dos posibles respuestas: que los autores hayan sido también peruanos o que el hecho fuera parte de un enfrentamiento entre gente de distintas nacionalidades.

En la 1-11-14 viven paraguayos, bolivianos, chilenos y también argentinos llegados del interior.

“Fue una pelea entre peruanos”, decían los vecinos que se arremolinaban en uno de los callejones y esperaban para ver cómo el camión de la morgue se llevaba el cadáver.

Fuentes policiales afirmaron que el caso tiene las características de una venganza. “Fue un vuelto por algo anterior”, dijeron.

En caso de que los asesinos fueran miembros de otras colectividades, arriesgaron las fuentes, las balas pueden haber llevado no sólo la muerte, sino también un mensaje de advertencia. Es que, aunque los vecinos dicen que los peruanos son el grupo más fuerte, puede haber otros que les quieran disputar la zona.

“Son gente de mal vivir”, dijo muy segura una mujer que atiende una despensa cercana. “No escuché los tiros; vi la gente amontonada y fui a ver. En la canchita estaban dos muertos y un herido. No los conozco”, relató con acento extranjero.

Anoche los investigadores intentaban determinar cuántos habían sido los que dispararon.

Según informó la Policía, Santillán Ramos, el herido que se recupera en el hospital Piñero, dijo titubeante que fue un solo hombre el que disparó. Pero se sospecha que serían más porque es improbable que un solo tirador se anime a atacar a diez personas. Además, el testimonio de Ramos no sería del todo fiel, ya que no se sabe si en medio del caos pudo ver todo lo que pasó.

* * *

La canchita fue una trampa mortal

Una camiseta de San Lorenzo estaba tirada en una plataforma de madera, al costado de la canchita. Quedó ahí cuando uno de los jugadores, extenuado por el calor y el fragor del partido, se la sacó mientras tomaba una gaseosa. Al lado, dos impactos de bala que astillaron las tablas marcaban por qué el hincha de El Ciclón no se la volvió a poner.

La cancha de cemento desparejo donde ayer tres hombres fueron asesinados a balazos y a quemarropa fue para ellos una trampa mortal. Está rodeada por muros y tiene un portón de chapa, por donde es probable que hayan entrado los atacantes. La única otra salida es una puertita angosta que lleva a un pasillo igual de estrecho.

En esa puerta unas gotas de sangre marcaban el lugar donde se apoyó un moribundo: el hombre que agonizó hasta el final a unos metros de ahí.Los pasillos, donde dos personas que se cruzan tienen que pasar de costado, ayer hormigueaban de curiosos. Con acento extranjero o provinciano, camisetas de Colo Colo y Cerro Porteño, comentaban los tiros que se escucharon al mediodía. Pocos hablaban con los periodistas y, menos aún, con los policías.

No es la primera vez que la villa 1-11-14 aparece en historias de fútbol y violencia. En marzo del año pasado, sus habitantes protestaron en forma airada cuando el presidente de San Lorenzo, Fernando Miele dijo que los inmigrantes que viven allí “a veces hacen un gran daño a la sociedad”.

En octubre, un hincha de San Lorenzo que salía de ver un partido contra Boca recibió un balazo disparado por un hombre que salió de la villa.

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