Sueños de Primera

Pensiones del fútbol, Magazin Semanal
Septiembre 1999

Gabriel Batistuta, Ariel Ortega, Matías Almeyda. Tres estrellas argentinas que brillan en el campeonato de fútbol italiano, el más exigente del mundo. Mucho antes de que sus pases llegaran a cotizaciones de más de siete cifras, cuando el éxito, la fama y los millones no eran más que promesas borrosas de la almohada, los tres pasaron por una misma etapa, dura y sacrificada. Pibes de ciudades chicas que se separaron de sus familias en plena adolescencia para vivir en la pensión de un club del fútbol grande, entre la nostalgia por el hogar lejano y las ansias por la meta lejana: jugar en primera.

Como seguro lo hacía el “Bati” cuando llegó de Reconquista a la de Newell’s Old Boys y también el “Burrito” jujeño y el “muchacho de Azul” en la de River Plate, son muchos los pibes que sueñan goles y gambetas en las cuchetas de alguna pensión. Algunos, los menos, llegarán a su objetivo y con suerte, podrán ser como aquellos. Los demás quedarán atrás en la carrera y deberán buscar su destino por otro lado.

En las pensiones, adonde llegan después de varias pruebas futbolísticas, los chicos reciben cuatro comidas diarias, atención médica, transporte a los entrenamientos. Deben respetar un código de convivencia, los horarios de salidas, y limpiar sus habitaciones. Los directivos de los clubes se hacen responsables ante la familia de que el joven vaya a la escuela, a menos que los padres lo autoricen a no hacerlo.

Los primeros días son los más duros, cuentan los jugadores. “Al principio se extraña un montón a la familia, se hace muy difícil. Yo llamaba a cada rato, estaba desesperado, y ellos me llamaban porque sabían que extrañaba”, cuenta Guillermo Doelvers, un delantero de 15 años que, a mil kilómetros de su Posadas, juega en la octava división de Ferro Carril Oeste.

“Para jugar al fútbol hay que hacer muchos sacrificios y es difícil. Da un poco de bronca, pero acá hago lo que me gusta y si tengo suerte, por ahí llego a primera”, se ilusiona, sentado en la cama de la pieza, un tanto desordenada, que comparte con un par de marplatenses y un entrerriano.

Una soga para el Burrito

Los entrenadores saben que quienes llegan del interior necesitan apoyo. En Independiente, por ejemplo, los asiste una psicológa. Pero a pesar de la ayuda, algunos no soportan la nostalgia y se vuelven a casa. Lázaro Ruiz Quevedo, “Delem”, ex futbolista brasileño que dirige las inferiores de River, explica: “tratamos que los chicos (87 en tres pensiones) estén ocupados: el que no estudia, trabaja en el club. Además, les damos días libres para que viajen y pedimos a los padres que vengan a visitarlos. Si el jugador es muy bueno, sugerimos que alquilen un departamento acá para que lo vean más seguido”. Esos esfuerzos del cuerpo técnico evitaron que la melancolía prive al fútbol argentino de dos estrellas por nacer.

“Ortega y Almeyda se querían ir”, recuerda Delem entre risas, “a Ortega poco más lo ato en la cama para que se quede, en el primer año. Después, vino el padre a trabajar en el club”.

Aunque las añoranzas nunca se van del todo, la vida ajetreada de los pichones de cracks hace que tengan la mente ocupada. Entrenan de lunes a viernes, juegan los sábados y la mayoría, además, va a la escuela. “Mis viejos me dicen que primero está el colegio y después el fútbol, porque si no llego a primera y no tengo estudios… ¿qué voy a hacer? Vivir en la calle, pidiendo monedas. Prefiero tener estudios y llegar, las dos cosas”, resume Nicolás Españolo (15), delantero marplatense de la octava de Independiente, club que alberga a 54 promesas.

“Es difícil estudiar acá. Después de todo lo que hacés en el día, no te dan ganas, llegás cansado. Igual, mi objetivo es terminar quinto sí o sí y empezar alguna carrera”. Con el Monumental de fondo, habla Matías Oyola (16), cordobés de Río Cuarto, volante de ataque de la sexta de River y alumno de 4º año de la secundaria que tiene el club. Acaba de interrumpir una placentera siesta, que dormía en la misma pieza que supieron compartir otros riocuartenses, ahora más famosos: el arquero Franco Constanzo y los volantes Pablo Aimar y Guillermo Pereira.

Esos nombres, que pasaron de la lista de la pensión a los titulares de los diarios, son para los chicos la prueba de que el que ellos persiguen es un sueño posible. “Cuando uno piensa en eso, le dan ganas de seguir trabajando, luchando. A uno le gustaría seguir el camino de futbolistas como Ortega, Almeyda, Aimar”, dice Matías.

Tocar el cielo

Aunque aún viven en el albergue de su club, hay algunos que ya transpiran codo a codo con los profesionales. Walter Ervitti (19) y Celso Esquivel (18), de Mar del Plata uno, de la paraguaya Encarnación el otro, ya debutaron en la categoría máxima: son dos de los pibes del San Lorenzo de Oscar Ruggeri. “Nos viene bien a todos (los de la pensión), porque los demás ven que hay posibilidades, que con sacrificio se logran las cosas”, cuenta el marcador lateral paraguayo, mientras el descanso de sus compañeros de hospedaje se reparte entre el televisor del comedor y las mesas de pool y metegol de la sala.

Los buenos jugadores asoman cada vez más jóvenes. Y enseguida, aparece una bandada de posibles representantes. Pero ya desde antes, en las categorías menores, son muchos los que tienen “manager”, figura no muy simpática para los técnicos y directivos de los clubes.

“Buscan cada vez más juveniles, porque de Europa los llevan jóvenes. Así, tienen más ganancia porque un juvenil todavía no firmó contrato”, se queja Carlos Meneses, presidente del fútbol amateur de Ferro (el club alberga a 53 chicos), “pero la mayoría no se hacen responsables de acompañar al chico en su preparación, no afrontan los gastos”.

“Por acá no aparecen. Igual no los quisiera ver, pero sí que muestren otro interés que el económico”, coincide Juan Carlos Pereira, encargado de la Casa Hogar donde viven 25 juveniles de San Lorenzo.

Tantos sacrificios tienen una sola recompensa posible para estos adolescentes: el primer contrato como futbolistas. Y para muchos de ellos, la apuesta es alta, ya que no llegar sería casi una condena. Lo explica el rosarino Antonio Vilce (16), lateral de la séptima de Independiente: “Mi viejo quiere que yo sea alguien, que pueda mantener a mis hermanos y vivir de esto, porque no tenemos una buena posición económica. Llegar a primera es una meta que me puse por mi familia más que nada. Ellos me necesitan”.

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