Compró el World Trade Center en más de tres mil millones de dólares en julio de 2001. Seis semanas después, era el dueño de la montaña de escombros más grande de la historia. Tras ganar un millonario juicio, Silverstein encabeza la reconstrucción: un proyecto de ocho mil millones de dólares.
El magnate inmobiliario Larry Silverstein recorre el enorme espacio sin columnas, de vigas expuestas y ventanales del suelo al techo, del piso 33 del 7 World Trade Center. Lleva un casco de albañil blanco con una bandera estadounidense; el nombre de su compañía, Silverstein Properties, y un lema propio de un remake hollywoodense: “The rebuilding continues”. La reconstrucción continúa.
De hecho, estamos en un remake o, más bien, una reencarnación. El 7 WTC, el último edificio en derrumbarse el 11 de septiembre de 2001, es el primero en volver a levantarse. Aunque aún no está terminado, Silverstein, el dueño del World Trade Center, invitó a un grupo de periodistas extranjeros a recorrerlo con él.
El edificio, de 52 pisos, será inaugurado en abril. Cuando casi pasaron cuatro años desde la apocalíptica demolición de las Torres Gemelas, es la primera señal de que el nuevo World Trade Center comienza a tomar forma. A principios de 2006 también se echarán los cimientos del principal edificio, la Freedom Tower, y comenzarán las obras del monumento a las víctimas y de una estación de trenes diseñada por el español Santiago Calatrava. Con otros cuatro rascacielos, el complejo estará terminado en 2015.
A la cabeza de este proyecto elefantiásico de ocho mil millones de dólares está este hombre de 74 años y estatura apenas mediana que luce un profundo pentagrama de arrugas en la frente, aguda nariz aquilina, cabellos rubios encanecidos, gafas gruesas sin marco. Parado detrás de un atril de acrílico transparente, de traje gris y corbata de nudo ancho, describe su proyecto con voz convencida, muerde las consonantes como para que quien lo escucha sienta la verdad en cada una de ellas. Cada vez que menciona un dato importante, apunta al suelo con ambos índices para acentuarlo.
Silverstein se muestra seguro del éxito de sus planes y de la infalibilidad de su nuevo complejo. Casi desafiante, asevera que la Freedom Tower será más alta, más fuerte, más segura que los edificios que le derribaron en 2001. Será tan sólida, afirma, que los terroristas, intimidados, se verán obligados a atacar otros sitios.
“Vamos a demostrar a aquellos que atacaron nuestra forma de vida que no vamos a ceder”, asevera, con esa retórica de cowboy que se hizo tan común aquí desde 2001.
Detrás suyo, los cristales entregan una vista de pájaro de la cordillera de rascacielos de Midtown, con el Aconcagua del Empire State en el centro. También se ve el río Hudson, la Estatua de la Libertad en su isla, el vecino estado de Nueva Jersey. Bajando la mirada, en la vereda de enfrente, se puede ver Ground Zero. Allí, dos huellas cuadradas en el cemento, como siluetas blancas en la escena de un crimen, marcan los sitios donde se apoyaban las torres.
Silverstein se baja del atril para mostrarnos el grueso envoltorio de concreto, de más de medio metro de grosor, que rodea la columna vertebral del edificio. Allí dentro están las escaleras, los ascensores, cañerías y cables varios. En la Freedom Tower, ese chaleco de fuerza de cemento será aún más grueso, dice, de un metro. Una de las flaquezas que colaboraron con el derrumbe de las Twin Towers hace casi cuatro años fue que sus núcleos estaban rodeados de paredes de yeso.
El magnate parece obsesionado por enumerar las medidas de seguridad que tendrán todos los edificios del complejo, pero en especial la “Torre de la Libertad”: el núcleo de concreto, un refuerzo de varias toneladas de acero en cada piso, escaleras extra-anchas para que los bomberos puedan subir mientras los ocupantes huyen, columnas que pueden caerse sin afectar a las vecinas, gruesas vigas de acero. Hasta un ascensor impermeable que funcionará en caso de incendio.
“En el 9-11″, admite Silverstein, “aprendimos mucho sobre cómo se construyen edificios”. No hay ni un mínimo rastro de ironía en su voz.
Silverstein es el típico exponente de una raza aparte en la pirámide evolutiva estadounidense: los developers, grandes inversionistas inmobiliarios que destinan miles de millones a proyectos monumentales. Por supuesto, el más famoso ejemplar es el excéntrico Donald Trump. A su lado, el discreto Silverstein –amante de la música clásica, filántropo y miembro del directorio de la Universidad de Nueva York– parece un oficinista jubilado.
Pero el dueño del World Trade Center también tiene rasgos típicos de esos empresarios que, además de levantar millones de metros cuadrados, construyeron su imagen y sus fortunas.
Como buen developer, Silverstein es un hombre de superlativos.
En la transacción más grande de la historia de Nueva York, compró el World Trade Center en más de tres mil millones de dólares en julio de 2001. Tan sólo seis semanas después, era el dueño de la montaña de escombros más grande de la historia de la ciudad.
Para financiar la reconstrucción, utilizó una estrategia audaz: planteó a la justicia civil que lo que pasó el 11 de septiembre de 2001 fueron dos atentados (dos aviones que se incrustaron en dos edificios). En diciembre pasado, un jurado le dio la razón y determinó que nueve aseguradoras debían compensarlo por dos ataques en lugar de uno. Aunque no logró duplicar el monto de 3.500 millones de su póliza, como quería, sí logró un monto extra aún no determinado por la justicia que podría llegar a los 1.100 millones.
Durante este recorrido guiado, Kenneth J. Ringler Jr., el director de la Autoridad Portuaria de Nueva York y Nueva Jersey, la entidad dueña de los terrenos donde se emplaza el WTC, cuenta que en cada reunión con Silverstein éste se la pasa urgiendo a los demás a trabajar: “Let’s go, let’s go!” Vamos, vamos, les dice.
“Ésa es la mentalidad de Larry Silverstein”, asegura Ringler, “en todo lo que hace”.
También es típica de un buen emprendedor la confianza de Silverstein en que pronto llenará los 42 pisos de oficinas del 7 WTC, aunque analistas del mercado inmobiliario dudan de que encuentre suficientes inquilinos para ése y los otros rascacielos. Para empezar, llevará sus propias oficinas al edificio 7. Y espera ser seguido por otras empresas que, gracias a los generosos incentivos económicos que ofrecen la ciudad y el estado de Nueva York, superen el trauma de mudarse al Bajo Manhattan.
Pero cuando una periodista le pregunta si ya consiguió ocupantes para el edificio nuevo, Silverstein no da precisiones. “Estamos en negociaciones con un cierto número de diferentes inquilinos”, contesta. “Con el tiempo, nuestra expectativa es que sea alquilado por completo”.
El proceso de reconstrucción, con altas dosis de política y demagogia, ha estado poblado de dificultades: la Freedom Tower debió ser rediseñada en escaso tiempo porque el primer diseño era considerado inseguro; la prensa habla de constantes peleas entre Silverstein y la Autoridad Portuaria el Wall Street Journal y el New York Times dijeron que los funcionarios consideraron quitarle el WTC; el arquitecto de Silverstein tuvo celosos tironeos con el ganador del concurso de diseño de la Freedom Tower, Daniel Libeskind, y el mercado inmobiliario mira todo con recelo.
Finalmente, luego de que la policía rechazara el primer diseño de la Freedom Tower, el arquitecto David Childs presentó una estructura que tendrá exactamente la misma altura que las Torres Gemelas. Pero, gracias a una antena inspirada en la antorcha de la Estatua de la Libertad, llegará a simbólicos 1.776 pies, en homenaje al año de la Independencia.
La torre tendrá ocho lados triangulares, cada uno invertido respecto del contiguo. Esto creará una silueta que, depende de dónde se la mire, tendrá lados paralelos o inclinados como los de un obelisco. De noche, reinará blanca sobre el perfil de Manhattan y un potente “Faro de la Libertad” brillará desde el tope de la antena.
“Es infinitamente más fuerte que los edificios anteriores”, asegura Childs, el arquitecto, quien explica que la base, un cubo de concreto y acero de sesenta metros de altura, casi no tendrá ventanas.
De hecho, la Freedom Tower será una verdadera fortaleza, que el crítico de The New York Times Nicolai Ouroussoff equiparó con los imponentes diseños de Albert Speer, el arquitecto preferido de Hitler. Quizás también allí haya una metáfora del espíritu imperante en los Estados Unidos de George W. Bush: ante la hostilidad del mundo exterior, lo que queda es encerrarse detrás de murallas, detectores de metales, detenciones arbitrarias, registros en el metro. “La Torre de la Libertad encarna, a su manera, un mundo al que el miedo dio forma”, escribió Ouroussoff.
Silverstein, confiado, asegura que el diseño ahuyentará a cualquier atacante.
“Los potenciales terroristas se darán cuenta de que no tiene sentido hacer nada aquí y concentrarán su atención en algún otro lado”, dice. “Ni se molestarán (en atacar la torre), por su estructura, por su solidez”.
Casi como un reflejo del escepticismo del mundo ante las políticas de la Casa Blanca, una periodista le responde, ante las risas del resto de los corresponsales: “Usted suena como la gente que construyó el Titanic”. Entre las carcajadas del resto de los corresponsales, Silverstein no pierde la compostura. El comentario no le causa gracia, pero él sonríe y responde, diplomático: “Por lo que pudimos ver, ese barco no era seguro”.
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