El stone más buscado

El cerebro del secuestro extorsivo más importante en la historia de Alemania es arrestado en Buenos Aires por culpa de su fanatismo por los Rolling Stones.

29 de julio de 1999

“Perdiste, Thomas Drach. Estás preso”. Al abrir los ojos, el hombre quizás pensó que seguía dormido, inmerso en la misma pesadilla de siempre: esa en que la ley finalmente lo atrapaba con su largo brazo. Pero, sin necesidad de pellizcarse, en unos segundos se dio cuenta de que la pistola que lo saludaba con su boca negra y fría era real. Tan real como el policía parado junto a la cama que le apuntaba justo entre los ojos.

Mientras era esposado por los dos oficiales argentinos, arrodillado en el suelo, mil pensamientos habrán pasado como ráfagas por la mente de Drach, el cerebro criminal que había planeado y concretado, hasta ese día con éxito, el secuestro extorsivo más importante en la historia de Alemania. Pero con seguridad había una sola cosa en la que no podía dejar de pensar: después de casi dos años de gambetear a la Justicia y a Interpol, de entrar y salir sin problemas de muchos países de Europa y América, de regar con billetes su camino mientras disfrutaba de todos los placeres de la vida, cayó preso por culpa de su amor incondicional a los Rolling Stones.

Desde hacía media hora era sábado 28 de marzo de 1998. El domingo, sus Majestades rocanroleras daban el primer show de su segunda visita a Buenos Aires. Hacía varias semanas que en toda la ciudad se respiraba un aire de fiesta stone. Ninguna radio, diario o canal de tevé podía dejar de mencionar el acontecimiento y hasta el Obelisco se dejaba crecer el flequillo y sacaba la lengua.

Pero esa noche, el más fanático se estaba quedando sin el rock and roll que había venido a buscar. En una suite del hotel Caesar Park en la calle Posadas, en Recoleta, los hombres de la división Interpol de la Policía Federal lo arrestaban 24 horas antes de que cumpliera el deseo que lo había traído a la Argentina: ver una vez más a Charlie, Ron, Keith y Mick, sus ídolos.

Cuando lo arrestaron, faltaba menos de un mes para que festejara sus dos años como prófugo de la Justicia alemana. Pero prófugo en una huida envidiable, con las valijas llenas de dinero.

¡Efectivo ya!

El más stone de los criminales alemanes y dos cómplices, Peter Ernst Adolf Richter y Wolfgang Koszics, secuestraron el 25 de marzo de 1996 al millonario Jan Philipp Reemtsma. El rapto fue en un barrio residencial de Hamburgo, donde Reemtsma tenía dos casas: aquella en la que vivía y otra donde se recluía cuando quería tranquilidad para leer y escribir (además de empresario exitoso también es escritor). Estaba en ésta última cuando se lo llevaron.

“Nada de prensa ni de policía. De lo contrario, lo mataremos”, decía la nota que dejaron como única pista. Sus exigencias eran simples: querían 20 millones de marcos (cerca de 11 millones de dólares). Para dejar en claro que no era una broma, acompañaban la carta con una granada de mano.

Reemtsma vivió 33 días encadenado por el tobillo a una cama, en un sótano cerrado en forma casi hermética. Aunque no lo sabía, estaba cerca de Bremen, a unos cien kilómetros de Hamburgo, en una casa que pertenecía a Peter Richter.

Durante ese mes de penumbras y aislamiento, el prisionero identificó a uno de sus tres raptores como “el inglés”. Es que el hábil Drach se ocupó de engañarlo: siempre que bajaba al sótano hablaba en un cuidado inglés, sin rastros de acento alemán.

Mientras Reemtsma sufría bajo tierra, en dos ocasiones falló el procedimiento para entregar el dinero del rescate. Drach y sus secuaces, lejos de atemorizarse o abandonar sus planes, subieron la cifra que pedían. Por fin, el 24 de abril, recibieron un auto con 30 millones de marcos (16,6 millones de dólares) en Krefeld, a 300 kilómetros de Hamburgo y muy cerca de la frontera con Holanda.

Su víctima apareció dos días después, sin heridas físicas, pero marcado profundamente por lo que tuvo que sobrevivir. La policía alemana tardó un mes en encontrar la casa que había sido su cárcel. Esa fue la primera pista para empezar a buscar a la banda, que ya estaba lejos de allí, fuera del país.

El primero que cayó, el 29 de mayo, fue Wolfgang Koszics. Estaba en Murcia, una ciudad española cercana al mar Mediterráneo. Al día siguiente, arrestaron en Colonia, Alemania, a Lutz Drach, acusado de intentar lavar 27 mil dólares que le entregó su hermano Thomas. No pasó mucho tiempo antes de que, también en España, fuera detenido Richter.

Los tres fueron juzgados y condenados. A Lutz Drach lo sentenciaron a 18 meses de prisión en diciembre de 1996. En febrero del 97, ante la mirada de su víctima Jan Phillip Reemtsma, a Koszics le dieron diez años y medio en la cárcel, y a Richter, cinco.

Armado y peligroso

El único que había conseguido escapar era Drach, quien se había quedado con la mayor parte del dinero del rescate y ahora se ocupaba de gastarlo. La Justicia lo procesó como jefe de la banda y autor intelectual del secuestro. Pero lo único que se sabía de él era que estuvo escondido en Colonia un tiempo y que el último rastro que dejó fue su paso por el aeropuerto de París, en mayo del 96.

“CUIDADO. Persona considerada violenta y armada”. El comunicado de Interpol que dio la vuelta al mundo con las fotos de frente y perfil y las huellas digitales del alemán alertaba que ese hombre joven (tiene 38 años), medio pelado y con cara de vecino de enfrente era uno de los criminales más buscados de Alemania.

Y mientras los policías de todos los continentes lo conocían por fotos y buscaban su nombre alemán en los registros de Migraciones, Drach volvía a convertirse en “el inglés”. Anthony Patrick Joseph Lowlar, un delincuente que tenía antecedentes en su país, Inglaterra, pero no era buscado por Interpol, le facilitó un pasaporte a su nombre que, luego de un cambio de foto, quedó listo para abrirle al fugitivo las puertas de los países que quisiera recorrer.

Así comenzaron los que quizá hayan sido los mejores tiempos en la vida del alemán: con las manos llenas de dinero, se dedicó a viajar de un país a otro y a gastar, gastar y gastar…

Después, él mismo les confesaría a los policías que lo arrestaron que sus pasiones eran “los Rolling Stones y la buena vida”. “Lo único que hago es gastar dinero”, les dijo, sin ponerse colorado. Con esa idea en mente y con su identidad falsa, estuvo en Cuba, Brasil, México, Estados Unidos, Francia, entre otros.

En marzo de 1998, Drach veraneaba en una mansión en Punta del Este, junto a Cristina Irrizarri, una joven uruguaya. En ese momento, los Rolling Stones llevaban siete meses rodando por el mundo en su impresionante “Bridges to Babylon Tour”, que ya había recorrido América del Norte, Asia y Oriente Medio. Ahora era el turno de Sudamérica y la primera parada era la Argentina.

La oportunidad era imperdible y el alemán decidió que su camino y el de sus músicos preferidos se cruzarían en Buenos Aires, el domingo 29 de marzo, en el estadio Monumental, cuando las huesudas manos de Keith Richards hicieran sonar por enésima vez los primeros acordes de “Satisfaction”.

Te sigo a todas partes

No era la primera vez que el fugitivo estaba en Argentina. Por eso, tenía a su disposición un Mercedes Benz de 150 mil dólares que había comprado en un viaje anterior. Al volante de ese auto y junto a su novia, llegó al hotel, de donde no se movió en todo el día. Era el viernes 27 de marzo.

Todos los movimientos de Drach eran cuidadosos. Pero, por primera vez, cometió un error.

Eufórico por la perspectiva de ir a uno o más shows de Jagger, Richards & Cía., se lo tenía que decir a alguien: decidió llamar a un amigo que vivía en Holanda. Desde su suite, marcó el número de su celular y le contó hasta dónde había viajado para ver a los Rolling. Eran las nueve de la mañana.

Esa llamada fue lo único que necesitaban sus perseguidores para localizarlo. Habían intervenido la línea del celular en Holanda y escucharon la conversación. Por fin sabían dónde estaba el fugitivo. De inmediato, Interpol Argentina recibió el aviso. El comisario Eduardo Musto, en ese entonces jefe de Operaciones, se puso en contacto con la empresa telefónica que se encarga de las comunicaciones internacionales para ubicar el teléfono fijo desde el cual se había hecho el llamado.

Cuando se estaba haciendo el rastreo, complicado por el mucho tiempo que llevaba chequear todas las llamadas al exterior que se habían hecho ese día, Drach volvió a facilitar las cosas: llamó de nuevo al mismo teléfono holandés, alrededor de las dos de la tarde. En seguida detectaron su ubicación y cerca de las cuatro, los policías llegaban al hotel.

“Lo primero que hicimos”, relata Musto, “fue revisar la lista de pasajeros. Cuando vi que no había ningún alemán, se me vino el alma a los pies”. Hasta ese momento, los investigadores no sabían con qué identidad viajaba Drach. El comisario recordó entonces los relatos de Reemstma que hablaban de un secuestrador con acento inglés. Volvió a buscar en la lista y vio que había un solo británico en el hotel: era Anthony Lowlar.

Mientras Drach seguía en su suite sin saber que su destino casi estaba sellado, el siguiente paso de los federales fue mirar los videos grabados por las cámaras de seguridad del hotel. Encontraron a un hombre joven y medio pelado que miraba siempre hacia abajo, como si quisiera evitar que su rostro fuera filmado. Aunque ahora usaba barba, reconocieron en él al mismo de las fotos enviadas por la policía alemana. La cacería parecía llegar a su fin.

Sólo restaba el último paso, el más difícil: atraparlo. Musto y sus hombres decidieron entrar a la suite esa noche, cuando el alemán estuviera dormido. Cada paso debía estar fríamente calculado. El comisario y un oficial inspector ensayaron sus movimientos en una habitación igual a la que ocupaba Drach.

Después, esperaron a que se hiciera tarde. Pasó la medianoche y cerca de las 12:30, usaron una tarjeta magnética que servía para abrir las cerraduras electrónicas de todas las puertas del hotel. En pocos segundos, estaban al borde de la cama donde Thomas Drach y su novia dormían tranquilos. El alemán ni siquiera tuvo tiempo de levantarse.

Cuando los dos eran esposados, la chica uruguaya se lamentaba: “me cagaron el viaje a México”. Drach sólo insistió en que él era Anthony Patrick Joseph Lowlar, pero nadie le creyó.

En un instante se quedaba sin su libertad y también sin sus dos pasiones: la buena vida y los Rolling Stones. No necesitó un traductor para entender lo que le quería decir Musto cuando lo despertó: “Perdiste, Thomas Drach. Estás preso”.

* * *

Dónde están hoy

Thomas Drach: Sigue detenido en nuestro país. En marzo pasado, un juez concedió su extradición a Alemania y dispuso el remate de su Mercedes Benz. Antes de ser extraditado, debe responder ante la Justicia argentina por haber entrado al país con un pasaporte falso (le podrían dar hasta tres años de prisión). Su abogado, Víctor Stinfale, comentó a La García que aún falta mucho para que esta causa llegue a juicio y que el fallo del juicio por extradición fue apelado ante la Corte Suprema de Justicia, que debe ratificarlo o anularlo.

Jan Phillip Reemtsma: Cuando se enteró del arresto de Drach, dijo que quería volver a verlo, pero ante un tribunal. Escribió un libro llamado “En el zulo (sótano). Memorias de un secuestrado”, en el que relata los sufrimientos de sus 33 días de cautiverio.

Eduardo Musto: Aunque él lo considera una captura más, el caso Drach fue una de sus acciones más notorias en sus cuatro años en Interpol. Actualmente está en la Delegación San Martín de la Federal. Reemtsma le mandó un libro autografiado como agradecimiento por detener al jefe de los secuestradores.

Cristina Irrizarri: La joven uruguaya estuvo en las audiencias del juicio por extradición, pero en todo momento se mantuvo tan callada como misteriosa. Fuentes cercanas a los investigadores aseguraron que ella no conocía la verdadera identidad de Drach.

Documentos, vieja

Si Interpol no lograba localizar a tiempo el lugar donde se hospedaba Thomas Drach, lo iban a esperar en las puertas del Monumental, antes de los recitales de los Stones. Para poder vigilar sin despertar sospechas, se habían seleccionado cincuenta policías jóvenes que iban a ir “camuflados”. Es decir que alguno de los pibes con pañuelo al cuello y remera con la lengua que pedían que les “aguanten un pesito” en las afueras del estadio, en realidad podían haber sido de la Federal. Drach iba a comprar las entradas en la reventa, ya que no le importaba gastar unos billetes de más.

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