El ciudadano Barry Seltzer no era nadie hasta la semana pasada. Saltó a la fama cuando, mientras manejaba su Cadillac plateado por la ciudad de Sarasota, Florida, vio a un grupo de militantes del Partido Republicano. Entre ellos estaba la congresista Katherine Harris, quien como secretaria de Estado de la Florida en el año 2000 fue el rostro republicano del escándalo eleccionario que concluyó con la victoria de George W. Bush.
Seltzer, demócrata de 46 años, apuntó su auto hacia Harris y aceleró. El Cadillac trepó a la vereda pero, justo antes de atropellar a los republicanos, Seltzer volvió a virar y se alejó del lugar. No hubo heridos, pero cuando la policía lo arrestó un rato después, gracias a que un testigo anotó su número de patente, Seltzer confesó con naturalidad: “Estaba ejerciendo mi derecho a expresar mis ideas políticas”.
La anécdota puede parecer increíble. Pero Seltzer, quien será enjuiciado por “ataque agravado con un arma mortal”, es sólo un ejemplo de los extremos a los que llegó la campaña presidencial 2004 en Estados Unidos.
Los expertos dicen que no habían visto a la sociedad estadounidense tan profundamente dividida por lo menos desde la época de la guerra de Vietnam, cuando Richard Nixon fue elegido presidente.
Después de una campaña tan sucia como ésta, ahora la pregunta es: ¿Cómo se las arreglarán los bandos de esta sociedad fracturada para convivir durante los próximos cuatro años?
“He bautizado a esta elección como ‘la elección del Armagedón’”, dijo quien mejor explicó cómo se sentían los estadounidenses antes de ir a votar, el gurú de las encuestas políticas, John Zogby.
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“Cada bando”, explicó Zogby el viernes pasado en una conferencia de prensa con periodistas extranjeros, “dice, básicamente, que si el otro bando gana será el fin del mundo tal como lo conocemos. Hemos tenido elecciones ajustadas antes, pero nunca como ahora –o casi nunca– hemos estado tan polarizados, tan enojados y tan poco deseosos de aceptar al ganador si es el otro tipo”.
Los simpatizantes de uno y otro partido se tomaron la elección como algo muy personal. Muchos decían que se irían del país si ganaba el otro candidato. El financista de origen húngaro George Soros, quien destinó 25 millones de sus dólares a hacer campaña contra Bush, aseguró que si éste seguía en la Casa Blanca se encerraría en un monasterio “para reflexionar sobre qué es lo que estamos haciendo mal”.
“Esta es la elección más emotiva que hemos tenido desde 1968″, le dijo a USA Today Curtis Gans, director del Comité de Estudio del Electorado Estadounidense. Ese año, en plena guerra de Vietnam, Richard Nixon venció al demócrata Hubert Humphrey por menos del uno por ciento de los votos. Humphrey era el vicepresidente y, en la mente de los votantes, representaba la guerra que muchos querían terminar. El país estaba partido al medio entre los que exigían abandonar el conflicto y los que temían que hacerlo permitiría el avance del comunismo.
Con millones de votantes que hoy sienten algo parecido, se hace más fácil entender que alguien use su auto como medio de expresión política. Pero hay muchos más casos de lo que el periodista Joel Achenbach del Washington Post bautizó paródicamente como “Síndrome de Ansiedad Pre-Electoral”: Un joven de 18 años amenazó con apuñalar a su novia en Florida, entre otras cosas, porque ella planeaba votar al demócrata John Kerry. “No vivirás para ver la elección”, le habría dicho antes de que la policía lo inmovilizara con una pistola eléctrica. Manifestantes demócratas y republicanos se golpearon con sus pancartas afuera de un lugar de votación en Miami. Al abordar un avión, un pasajero pidió que lo cambiaran de butaca sólo porque la persona de al lado leía un libro del polémico cineasta progresista Michael Moore.
“Ya nadie habla de apatía entre los votantes”, escribió Achenbach, “porque lo que pasa es todo lo contrario. La gente se preocupa demasiado. Están perdiendo el sueño. Tienen pesadillas con encuestas desfavorables”.
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Quinientos millones de dólares sólo en avisos de TV es una muestra del extremo al que se llegó. La campaña se convirtió por mucho en la más cara de la historia y tanto los dos candidatos como los grupos políticos independientes inundaron la escena pública de mensajes crudos y agresivos.
En una encuesta publicada este lunes por The New York Times, 51 por ciento de la gente dijo que ésta era la campaña presidencial más negativa que recordaban.
Tanto demócratas como republicanos se sienten con derecho a odiar a sus rivales. Los republicanos almacenaban rencor desde los años escandalosos de Bill Clinton y su becaria Mónica Lewinsky, mientras que a los demócratas todavía les dolía el desenlace de 2000, cuando Al Gore fue más votado que Bush y perdió igual.
Estos sentimientos se exacerbaron tanto en los últimos años que está de moda hablar de “los dos países”, el azul demócrata y el rojo republicano. El azul tiñe las costas Este y Oeste y la zona del medio-Oeste, donde están las ciudades grandes, llenas de progresistas. El rojo es el color de la América profunda, de los pueblos pequeños y los productores rurales, de los estados sureños donde la religión es muy importante y la moral, conservadora.
“Esto va mucho más allá de ‘Kerry versus Bush’”, aseguró el encuestador Zogby. “Estados Unidos se enfrenta a esta elección en una situación de dos naciones en guerra, que tienen el mismo tamaño y están más polarizadas de lo que jamás hemos visto en nuestras vidas. Polarizadas cultural, espiritual, demográfica e ideológicamente”.
Al haber dos fuerzas ideológicas entre estos 295 millones de habitantes, el miedo a que ganen “los otros” generó un aumento récord en la cantidad de gente que se registró para votar por primera vez.
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Los problemas en el escritorio del próximo presidente no son pocos: el caos iraquí y la amenaza nuclear iraní, el terrorismo y la economía que no arranca; los millones de estadounidenses sin cobertura de salud y sin empleo, las batallas interminables sobre el matrimonio gay y el aborto. Entre muchas otras. Tal vez lo más importante de todo es que el presidente deberá proponer uno y quizás dos candidatos a la Corte Suprema, que está en el centro de la batalla cultural y moral entre conservadores y progresistas.
Kerry y Bush prometieron tomar caminos divergentes en muchos temas. Bush habló de prohibir el aborto y los matrimonios entre homosexuales, mientras Kerry dijo querer mantener el aborto legal y dejar que los estados decidan si aprueban uniones civiles entre personas del mismo sexo. Pero como en temas morales no hay forma de que conservadores y progresistas se pongan de acuerdo, probablemente la única manera de que el nuevo presidente logre un consenso suficiente para gobernar será si logra reanimar la economía y el empleo y reparar la seguridad social y el sistema de salud.
En estos temas, las posiciones también son muy distintas. Bush prometió extender sus polémicas rebajas de impuestos, que favorecieron sobre todo a los ricos. Kerry anunció que las anularía y propuso créditos fiscales sólo para gente de bajos ingresos. Bush dijo que avanzaría en la privatización de la salud y la seguridad social. Kerry, por su parte, se opuso a privatizarlos e incluso desearía expandir el sistema de salud estatal para que la mayoría de la población tenga cobertura. Hoy, hay 30 millones de estadounidenses sin protección alguna.
Ambos prometieron, a través de un menor gasto, cortar a la mitad el gigantesco déficit fiscal que creó Bush. Pero la propuesta de “W” suena menos factible, ya que sin volver a subir los impuestos, parece difícil hacer rebajar el déficit.
Kerry también promovió un paquete de 50 mil millones de dólares para combatir el desempleo, ya que Bush fue el primer presidente desde la Gran Depresión cuyo mandato termina con menos puestos de trabajo de los que había al empezar. Bush pareció quedar corto con su propuesta de ayudar a los desempleados con tres mil dólares para gastos de búsqueda de trabajo.
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Irak, sin embargo, no dejó mucho lugar a diferencias entre los candidatos, ya que lo único que Kerry puede ofrecer era una actitud más abierta hacia Europa. Pero el callejón sin salida en que se convirtió el conflicto no dejó espacio para más ideas que entrenar las fuerzas iraquíes, avanzar con las elecciones y abandonar la ocupación lo más pronto posible, algo que ambos dijeron que harían.
Ahora habrá que ver en la práctica cómo se las arreglará la nación para llevar su vida adelante después de una campaña tan divisoria. ¿Lograrán progresistas y conservadores coexistir en forma pacífica? ¿O se enfrentan a otros cuatro años de amargura y división hasta la próxima elección presidencial?
Según la historiadora especializada en la presidencia Meena Bose, la tradición indica que la unificación debería llegar cuando asuma el próximo gobierno. Luego de la ceremonia de enero, dijo, “los partidos se juntan y se concentran en los valores y principios comunes, más allá de los desacuerdos sobre políticas específicas. Espero que esa tradición continúe”.
Sin embargo, el experimentado cronista político del The New York Times R. W. Apple Jr. aseguró en un diálogo online con lectores que ve pocas posibilidades de unificación, “teniendo en cuenta lo amarga que fue la campaña de 2000, el tono de la campaña de este año y esta división partidaria en dos mitades… Pero, por supuesto, los grandes líderes pueden lograr grandes cosas -añadió- y si llega un líder así, puede que se demuestre que estoy equivocado”.
Zogby coincidió: “Hará falta un liderazgo muy fuerte del presidente para restaurar una sensación de confianza, de estabilidad, un sentimiento de unidad, en una nación que va a tener que sanar sus heridas”.
Bush se enfrentaba a un dilema semejante en 2001 luego del escándalo de Florida que la Corte Suprema conservadora resolvió a su favor. Pero Osama bin Laden y sus acciones lo sacaron del aprieto al darle a los estadounidenses una razón para estar unidos más allá de las diferencias morales y los rencores electorales. Ahora, escribió el comentarista televisivo Craig Crawford, “espero que no haga falta otra tragedia nacional para vendar nuestras heridas políticas.”
Con semejante panorama, no sería extraño que en este país los Cadillacs sigan trepando a las veredas.
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