Viernes, cerca de la medianoche. Con cierta aprensión, dejamos el coche entre terrenos baldíos y grandes galpones. Es una zona semi-industrial, semi-abandonada en el centro de Miami, con vistas a los grandes rascacielos que al mediodía explotan de actividad. Pero a esta hora ni el fantasma de Don Johnson en su chaqueta blanca vaga por las calles que parecen un decorado vacío de Miami Vice.
Llegamos hasta aquí en busca de lo último en la noche local, un lounge llamado Pawn Shop o “tienda de empeños”. Nos han dicho que es la nueva cara de la vida nocturna local. Nuestras fuentes lo juran y perjuran, con fervor de predicador televisivo: Miami ha vuelto a ser cool
Damos vuelta a una esquina y el dato se confirma: Pawn Shop es un lugar top. Al menos así se puede concluir por la fila de una cuadra que espera para entrar, llena de gente que por mientras mira los carteles ad-hoc para el club: “Compramos Oro” y “Compramos Diamantes”. Tras las cuerdas rojas de terciopelo, el staff incluye a un guardián portentoso, rapado y de traje negro y a un canoso bronceado que maneja la lista sacra de los VIP. Una vez que los sorteamos, entramos a un templo de la cultura pop que parece trasplantado de Nueva York a Florida: hay un autobús escolar amarillo con mesas dentro, una sección de asientos de un jet 727 con azafata incluida, cabezas de venado empotradas detrás de una de las barras. Lámparas viejas con precios colgados que hacen honor al nombre del lugar. La música no es electrónica, sino rock y pop desde los ’80 hasta ahora. Una chica con cuerpo de modelo y gafas enormes tipo Ray Ban baila The Clash, luego Depeche Mode, y la pista se va llenando. “(Los habitués) lo mismo tienen Manolo Blahniks que Adidas”, nos dice en su español a lo Miami el encargado del lugar, José ‘Jochy’ Ortiz. “Lo mismo viene un skater, un surfer, que una modelo que una drag queen”.
Pero éste es sólo uno de varios nuevos reductos que escapan al espíritu de “orgía tropical” que definió a la ciudad por décadas. Algunos apuntan al público posmoderno-alternativo de ropa vintage y zapatillas, otros a metrosexuales de ropa negra, gel y manicure, pero todos son parte de una movida nueva: de repente, la capital de la falta de clase está envuelta por un halo cool. Y aquel que lo dude, que se fije en las estrellas que no paran de bailar sobre las mesas en los lounges VIP de la ciudad.
“Miami está en medio de otro renacimiento, da la impresión de que es algo cíclico”, nos explica Lesley Abravanel, la columnista de vida nocturna del Miami Herald que cada viernes se encarga de contar en el diario qué actriz estuvo con qué rapero en qué disco qué día de la semana.
“A principios de los ’90s, éramos lo más caliente, caliente, caliente. Pero Madonna se mudó a Gran Bretaña y dejamos de serlo. Luego vino la gente del hip hop –P. Diddy, Missy Elliot, Lil’ Jon– y Miami volvió a ser hot. Y ahora, justo cuando pensábamos que de nuevo íbamos cuesta abajo, llegaron París Hilton y las estrellas jóvenes más fiesteras de Hollywood y esto no se detiene”.
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En Año Nuevo, los famosos se pasearon de club en club: David Schwimmer de Friends, Kid Rock, Wilmer Valderrama de That ’70s Show, el rapero P. Diddy, el candidato extraoficial al Oscar Jamie Foxx, los Black Eyed Peas, Queen Latifah, Chloe Sevigny. Por supuesto, París y su hermana Nicky, que siguieron la fiesta hasta el exclusivo after-hour del Hotel Raleigh. Y hasta Brad Pitt, en plena separación Jennifer Aniston, vino a un partido de fútbol americano.
Miami es una fiesta. Y el símbolo de la fiesta es París. Gracias a su video triple X que llegó a Internet y su reality show con la hija de Lionel Richie, la rubia heredera del imperio hotelero Hilton hasta que la prensa farandulera se canse, es la Reina Midas de la noche: lo que toca es un éxito. Y en el último año, París estuvo visitando Miami permanentemente.
Quien mejor explicó el simbolismo de la Hilton fue el columnista Ben Crandell del diario local Sun Sentinel: “Es asquerosamente rica y joven y flaca y rubia y bronceada y modelo y actriz y hace de DJ y toma y sale de fiesta y se viste de rosa y tiene un perrito insoportable y tuvo un video porno en Internet”. Igual que a Miami, ¿cómo no amarla, cómo no odiarla?
Quizás la primera señal de que la imagen de Miami estaba cambiando haya sido en agosto pasado. Por primera vez, MTV decidió llevar su ceremonia anual de entrega de los Video Music Awards a un lugar que no fuera Nueva York ni Los Ángeles. La alfombra roja se desplegó en el estadio American Airlines Arena y Miami fue coronada la tercera ciudad con más onda para el mundo del espectáculo.
Uno de los rostros que aparece rutinariamente en las fotos de paparazzi junto a actores y cantantes es Tommy Pooch, uno de los principales promotores de la noche local y ya casi una celebridad. Según él, Miami es la favorita de las estrellas porque la ven como su parque de diversiones. “Los famosos se sienten muy cómodos en Miami, en comparación con Nueva York, Los Angeles o Las Vegas. Supongo que es porque cuando viajas quieres ‘soltarte el pelo’, despreocuparte. Llegan acá y parece que salen más de fiesta que cuando están en casa”, nos cuenta.
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Tantas estrellas no vienen por capricho. A los de paladar negro, Miami les ofrece cada vez más sitios donde gastar su dinero. El típico domingo de los habitués comienza después del mediodía, obviamente, tras una noche agitada en Mansion, Mynt, crobar o, mejor aún, en el VIP de algún hotel –el Raleigh, el Delano, el Shore Club– donde los anónimos, aunque tengan dinero, no pueden ni entrar.
Lo primero es ir por un brunch a la peatonal Lincoln Road. Además del bronceado, gafas de sol y si es posible músculos torneados, no viene mal llevar uno o más perros que se destaquen por alguna razón: muy grandes, muy pequeños, muy feos o muy lindos. El paseo hierve de gente que entra y sale de FCUK, En Avance, Banana Republic o Gap. Como confirmación del creciente status del área, una boutique BCBG del diseñador francés Max Azria se apresta a inaugurar en una esquina.
La tarde puede ser de playa o, mejor aún, de piscina en el hotel. Preferibles son aquellos donde un DJ provee música chill-out para acompañar un buen trago. Puede ser el Ritz-Carlton, por ejemplo, donde dos “mayordomos de bronceado” se pasean con una bandeja de productos para el sol que aplican con suavidad en la preciada piel de los huéspedes.
Para comer, hay restaurantes con chefs estrella de todos los estilos. Los críticos consideran entre los mejores al tropical Chef Allen’s, el pan-asiático Pacific Time, el latino-caribeño Ortanique y el “nuevo latino” Azul. También hay reductos de sushi, comida italiana y argentina de alta calidad. El nivel de algunos sitios queda claro con el siguiente comentario de la crítico culinaria del Sun Sentinel, Lyn Farmer, sobre Azul: “Nadie te deja olvidar que te están haciendo un favor al servirte y recordarás la cuenta por mucho tiempo”.
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Otra señal del resurgimiento de Miami son los muchos clubes nocturnos, tiendas y hoteles recién inaugurados o en construcción. Antes de fines de enero, en plena Ocean Drive abrirá el Hotel Víctor, en un edificio Art Decó de 1937 remodelado por el diseñador parisino Jacques García, a un costo de más de 50 millones de dólares. El Víctor es tan pero tan cool que, para adjudicarse el contrato de administración, la cadena Hyatt tuvo que prometer no colocar su marca ni su logotipo. Una “gerente de vibra” supervisará que los aceites aromáticos y la música de los DJ residentes transmitan la onda indicada. Camino al spa o los baños turcos, los huéspedes podrán comprar cigarros cubanos de antes de la revolución de 1959 por 1.500 dólares cada uno.
El hotel intentará atraer a una clientela “avant garde, que sabe, que crea tendencias, amante del arte, leal a South Beach y de alto nivel”, nos confía el gerente Ilan Segal, quien cuando vivía en Chile abrió el San Cristóbal Tower Hotel en el ’97 y fue socio en Docecinco Champagne Lounge. “El hotel está en la mejor ubicación en una de las calles más ‘calientes’ del mundo, con vistas espectaculares, playas blancas inmaculadas y una de las mejores escenas nocturnas”, dice.
A pesar de semejante derroche de estilo, los conocedores del ambiente dicen que Miami nunca perderá el espíritu kitsch de siempre. Los flamencos de plástico fucsia seguirán siendo el alma de la ciudad y los turistas seguirán peregrinando hasta Casa Casuarina –más conocida como la mansión Versace– para tomarse una foto en la escalinata donde Gianni fue asesinado en 1997.
“Miami siempre va a tener un delicioso costado de ordinariez”, nos dice sin ironías la columnista Abravanel. “La ciudad es rimbombante, ostentosa y a veces ruidosa, pero eso es lo que la hace como es. Por otro lado, Miami nunca fue más chic que ahora, con eventos de máximo nivel por toda la ciudad. ¡Es una deliciosa contradicción!”
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