Después de dos años y 858 millones de dólares de renovación, el Museo de Arte Moderno reabre en Manhattan.
Noviembre de 2004Tras dos años de exilio en una semi-desierta zona industrial de Queens, mañana vuelve a Manhattan uno de los templos paganos preferidos de los neoyorquinos: el Museo de Arte Moderno. El MoMA reabre su sede a pasos de la Quinta Avenida luego un proyecto de reconstrucción al que se podría llamar ‘faraónico’… si alguna vez un faraón gastó 858 millones de dólares en un edificio.
En 2002, el edificio de calle 53 fue vaciado para comenzar los trabajos. Desde entonces, los aficionados que querían seguir a sus Picassos, Cézannes y Matisses debían tomarse un metro usado a diario por multitudes de trabajadores inmigrantes, para llegar hasta un barrio de fábricas, algunas activas, otras abandonadas. Allí, el MoMA Queens ocupó una ex fábrica de corchetes. Los restoranes y cafés donde tomar brunch brillaban por su ausencia. El glamour, también. Por falta de espacio, el museo no exhibía gran parte de su colección permanente.
Pero, aunque el exilio fue duro, ya todo está en el pasado. “Por fin”, suspiran los muchísimos y muy ávidos amantes del arte en Nueva York. Por fin, junto a miles de turistas y sus cámaras digitales, podrán volver a contemplar a Les Demoiselles d’Avignon de Picasso o la Noche Estrellada de Van Gogh.
La espera valió la pena, ya que el nuevo edificio es un placer en sí mismo. Sus flamantes galerías son blancas y enormes. Al acecho, en cada rincón, están los personajes más famosos del arte del siglo XX. Por primera vez se pueden ver obras como la nunca mejor titulada Escultura para una pared grande de Ellsworth Kelly –de más de veinte metros de ancho–, un helicóptero Bell colgando entre pisos –como ejemplo del diseño estadounidense–, un auto del italiano Pininfarina, entre tantas otras.
Y mientras el museo se le presentaba a la prensa, afuera un joven ‘vestido’ con un billete de 20 dólares por delante y otro por detrás protestaba por lo cara que será la nueva entrada. Lo que no sabía es que le harán falta dos o tres visitas para recién hacerse una idea de toda la colección. Mientras tanto, el arquitecto Yoshio Taniguchi era seguido por los periodistas japoneses como si fuera una estrella de rock.
La expansión que dio origen a todo esto se empezó a planear en 1996, cuando los directivos del museo se dieron cuenta de que tenían un dilema frente a sus narices: si mantenían su pretensión de poseer la colección de referencia en arte contemporáneo, seguirían adquiriendo obras ad eternum. El viejo edificio ya quedaba chico, a pesar de sucesivas ampliaciones. Así fue que se lanzaron a buscar arquitecto y a recolectar cantidades enormes de dinero. Finalmente, eligieron al japonés Taniguchi, autor de ocho museos en su país, mudaron las obras a Queens y comenzaron la reconstrucción.
Mañana se pueden esperar hordas de aficionados y miles de codazos, pues el primer día del nuevo MoMA será con entrada gratuita. Semejante acontecimiento hace agua la boca a una ciudad de vida cultural tan intensa como ésta. Desde hace semanas, una profusa campaña de avisos callejeros nos recuerda que ‘Manhattan vuelve a ser Moderno’. Los medios de prensa analizaron el inminente evento desde todos sus aspectos: económico, cultural, arquitectónico, sentimental, urbano. Como estrellas de cine, el staff de curadores del museo y su director posaron para una foto a doble página en la revista New York. La eminencia literaria John Updike reseñó el nuevo edificio para la revista The New Yorker. Los famosos, que aquí siempre van primero, tuvieron su ceremonia de gala dentro del nuevo MoMA el miércoles.
El museo, obviamente, también está pendiente de sí mismo: una de las exhibiciones que abrirán mañana, del artista alemán Michael Wesely, presenta fotos de largo aliento de la construcción tomadas por ocho cámaras que fueron dejadas con el obturador abierto desde agosto de 2001 hasta ahora. Así es como un museo de arte moderno se mira el ombligo.
El edificio no es una estrella en sí mismo, como su célebre primo a treinta cuadras de allí, el Museo Guggenheim, una espiral de cemento gigante que se ensancha hacia arriba y atrae tantas miradas como las obras que alberga. El nuevo MoMA es una mole de granito negro, cristales blancos y grises y paneles de aluminio, que no quiere protagonismo y busca que los ojos se enfoquen en el arte. Ya se volvió famosa una frase del arquitecto a los directivos: “Si me consiguen mucho dinero, les daré arquitectura hermosa. Si me consiguen más, haré que la arquitectura desaparezca”. Y la desaparición fue todo un éxito. Según Updike, el edificio, “inmaculado, rectilíneo, espacioso y casto, se confunde con el paisaje de la ciudad y forma, con sus tesoros, una catedral invisible”.
“En lugar de diseñar un objeto bello”, explicó Taniguchi, “diseñé un museo integrado en una ciudad, una ciudad dentro de otra”. El crítico arquitectónico Paul Goldberger aseguró que mientras el edificio anterior “ocupaba la calle en triste aislamiento, éste danza con sus vecinos”. Además, el museo funciona como una cronología de sí mismo, ya que el japonés preservó, una junto a otra, las fachadas del diseño original de 1939 y de las ampliaciones de 1964 y 1984.
Y mientras Manhattan celebra el regreso del hijo pródigo, Queens –otro de los cinco condados que componen la ciudad– se siente como la Cenicienta un minuto después de la medianoche. El MoMA Queens a partir de ahora servirá para almacenar obras y como sede de actividades educativas. El arte se fue a su nueva mansión y para visitarlo los parientes pobres van a tener que dejar veinte dólares en la entrada. Lo más irónico del caso, según señaló la revista New York, es que si los curadores quieren seguir de cerca a los creadores jóvenes de hoy, terminarán comprando obras creadas en lugares como Queens y Brooklyn, donde se trasladaron hace años los artistas que ya no se pueden pagar lofts en el SoHo.
Pero el MoMA es un símbolo de alcurnia y pertenece a Manhattan. El museo siempre tuvo en su junta directiva a los apellidos más selectos de la alta sociedad neoyorquina. El terreno que ocupa fue donado por la familia Rockefeller, que estuvo involucrada en el museo desde su fundación. Los miembros de la junta aportaron más de 500 millones de dólares de sus fortunas personales para la renovación. Pero puede que usted también haya hecho una modesta contribución, por ejemplo, si alguna vez usó cosméticos Estée Lauder o el antivirus informático Norton: Ronald Lauder y Peter Norton son dos de los varios multimillonarios que integran la directiva. Cuando estaban buscando arquitecto, los directivos recorrieron museos de Europa, Asia y los Estados Unidos en el jet de Lauder, en busca de inspiración.
El producto final de tan sufrido esfuerzo y tantos millones es un espacio moderno con todas las letras. Sus salas están pensadas para la colección permanente pero también para exhibir obras en medios de expresión variados, incluso los que aún no se han inventado, según dijeron las autoridades. El museo tiene mucha más capacidad que en su anterior vida: 58 mil metros cuadrados, en lugar de los 35 mil que solía tener.
Los visitantes se asombrarán desde el comienzo. El edificio tiene entradas a ambos lados de la manzana, sobre las calles 53 y 54, conectadas por una especie de calle interior que más de uno usará como atajo en los frenéticos mediodías de Nueva York. El atrio principal tiene 36 metros de altura a pura luz natural, la que distribuye a los seis niveles del edificio que conecta en forma vertical. También fue ampliado el jardín Abby Aldrich Rockefeller, un oasis urbano con fuentes decorativas, obras maestras de la escultura y árboles que invitan a distraerse por un rato.
A medida que los visitantes suban de un piso a otro, irán hacia atrás en el tiempo y en la historia del arte. El primer piso tiene salas de siete metros de altura, sin columnas y con pisos reforzados, para las exhibiciones de arte contemporáneo que suelen presentar instalaciones enormes. También tiene una galería con aislamiento acústico para exhibiciones de video y otros medios. En el segundo piso, están las galerías de fotografía, dibujos, arquitectura y diseño. Luego, vienen pinturas y esculturas de la colección permanente, con el período de post-guerra hasta los ’70 en el tercer piso, y trabajos desde el Post Impresionismo hasta la Segunda Guerra Mundial en el cuarto. El quinto y último piso tiene espacios iluminados con enormes claraboyas para las exposiciones temporarias.
Pero el MoMA tampoco puede escapar a las fuerzas del consumismo e incorporará también un restorán de máximo nivel, el Modern. Updike bromeó en su reseña: “Uno espera con ansia la película de ladrones en la que Robert De Niro y George Clooney se escaparán escaleras arriba después de un espresso con brandy, para apropiarse de algunos Picassos y Brancusis”.
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