Fernando Ferrer: El latino que quería gobernar Nueva York

Revista El Sábado (El Mercurio, Chile) – 29 de octubre de 2005

Hace cuatro años se perfilaba como la gran carta latina para alcanzar la alcaldía de la emblemática ciudad. Pero su mismo partido, el Demócrata, lo postergó. Ahora, en las elecciones de noviembre, se juega el todo o nada. No es una revancha, declara a El Sábado Fernando Ferrer, quien puede convertirse en un símbolo del poder latino o en el gran “casi casi” de la política estadounidense. “Veremos a ver”, diría él en su español agringado.

“Este es un momento histórico para nosotros, los latinos de Nueva York”, me dice Fernando Ferrer, en un respiro de una de sus agitadas jornadas de campaña. Se refiere a que, dos semanas atrás, al ganar las primarias del Partido Demócrata, consiguió ser el primer latino en la historia que es candidato a alcalde neoyorquino en una elección general.

Como el ítaloamericano Fiorello LaGuardia en 1933, el judío Abraham Beame en 1973 y el negro David Dinkins en 1989, Ferrer quiere convertirse en el primer miembro de su minoría en gobernar a los ocho millones de personas que viven en la principal ciudad estadounidense. A sus esperanzas las alienta el hecho de que en Nueva York más de una cuarta parte de la población ya es hispana. También le da impulso, si bien simbólico, la reciente victoria del méxico-estadounidense Antonio Villaraigosa, el primer alcalde latino de Los Ángeles en 133 años.

Desde 1997, cuando lanzó su primera campaña para alcalde, “Freddy”, de 55 años, ha sido la gran esperanza latina para la alcaldía. Este 8 de noviembre, el político hispano más popular de la ciudad, el hijo del Bronx de sangre puertorriqueña que lustró botas en su infancia y se ganó becas para poder ir a la universidad, sabrá cómo termina su tercer -y probablemente último- intento de hacer historia.

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Aunque a principios de año Freddy parecía tener todo para ganar, a sólo días de la elección es dudoso que pueda destronar al multimillonario Michael Bloomberg, quien ya gastó más de 46 millones de dólares en la campaña. De septiembre a octubre, el actual alcalde aumentó su ventaja en las encuestas de manera impresionante. Y lo más sorprendente es que los votantes latinos no se muestran muy convencidos de esa trascendencia histórica de la que habla Ferrer: un cuarenta por ciento de ellos dijo preferir al candidato blanco, judío y nativo de Boston.

Es la última mañana de septiembre y llego hasta un rincón alejado de una zona industrial en el Bronx para hablar con Ferrer tras la conferencia de prensa del día.

Freddy dice que suele pasear al perro como cualquier hijo de vecino. Y eso es exactamente lo que transmite su presencia en vivo: es el tipo que uno se podría encontrar cualquier noche de verano caminando pacientemente detrás de su mascota. Cabellos grises rodean su frente amplia, disimulando una calvicie en aumento. Lleva bigote al tono, apenas más ancho que la boca, gafas sin marco y mejillas rosadas que a uno le hacen pensar que Ferrer siempre está con calor. Suele hacer campaña sin chaqueta, con una corbata bien prolija y los puños de la impecable camisa blanca doblados una vez hacia atrás. Tiene más pinta de burócrata que de candidato.

Hoy está en el sector más pobre de la ciudad, donde nació y vive, para acusar al alcalde Bloomberg de no limpiar el terreno contaminado de una escuela pública. Pero los periodistas locales están más interesados en el New York Times de esta mañana, que dice que ésta ha sido “la peor semana” de su campaña. Ferrer esquiva sus preguntas con lugares comunes. “La gente no me pregunta si estoy teniendo un buen o un mal día, me habla de sus problemas cotidianos”, contesta. Nadie se interesa mucho por el terreno contaminado y la vocera del candidato, Jen Bluestein, pronto exclama: “¡No más preguntas!”.

Ferrer se va en su camioneta, mientras Bluestein se queda atrás defendiéndolo en on y en off the record ante un cronista. Otro de los periodistas se queda conmigo mientras llama a alguien en el vehículo, que da un rodeo aguardando la retirada de los preguntones locales. Finalmente, caminamos hasta doblar la esquina y encontramos la camioneta estacionada, con los vidrios negros cerrados. Ferrer se baja y dice que tiene poco tiempo. Lo interrogo sobre la importancia de su candidatura para la comunidad latina. Me dice aquello del “momento histórico”.

“Y no solamente para elegir un latino como alcalde por primera vez en la historia de esta ciudad”, sigue. “Es simplemente regresar los valores demócratas a la alcaldía, valores que bregan por la vivienda a precios módicos, mejoramiento de su sistema escolar. Y atacar el nivel altísimo de deserción escolar y la crisis que tenemos en empleos, el nivel de desempleo, especialmente en la comunidad latina”.

Es una típica respuesta de campaña, claro, donde ataca los puntos débiles de la administración Bloomberg.

Pero esa perorata también es un buen retrato de este político de carrera, quien ganó su primera elección en 1982. Al menos públicamente, Ferrer no es un señor muy emotivo o carismático. Es más bien uno de esos candidatos tradicionales que difícilmente cambian una coma en el libreto. Las tres veces que lo he entrevistado en los últimos tres años nunca profirió una frase explosiva, digna de un titular de primera plana de un tabloide. Como bien lo definió la periodista del Times Diane Cardwell, Ferrer es “cauteloso hasta la inercia”.

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Días después de mi encuentro con Ferrer, el cientista político chileno Patricio Navia, profesor de la New York University, me ayuda a explicar al candidato.

“Siempre jugó al empate”, define Navia, con tono de futbolero cruel. Agrega que tras casi quince años como presidente del condado del Bronx, “no hay un legado de Ferrer. No cometió grandes errores, pero tampoco cometió grandes aciertos, precisamente porque nunca tomó riesgos”.

Al comparar a Ferrer con políticos chilenos, Navia parece un cómico de late night que dispara un remate tras otro.

“Es un clásico funcionario del Partido Radical en Chile”, define, y lo equipara al senador Enrique Silva-Cimma.

“Ferrer es el típico candidato que nadie odia, pero nadie quiere con demasiado cariño tampoco”.

A pesar de los paralelos con Villaraigosa, hijo de inmigrantes y nacido en Los Ángeles, Navia dice que Ferrer no tiene el carisma de aquél: “Villaraigosa se la juega, se cambió el apellido, se puso el de su señora (él era Villar, ella Raigosa). Es entretenido, joven, dice cosas complicadas, se pelea con la gente. Es un típico mexicano. Ferrer es cualquier cosa, pero no es un puertorriqueño. A Villaraigosa lo ves cantando rancheras, a Ferrer no lo ves bailando salsa”.

De hecho, Ferrer habla español con un ligero acento gringo. Pertenece a una generación de hijos de puertorriqueños, o nuyoricans, para quienes más que la lengua de Cervantes, el español es la lengua de la mamá y de la abuela. En su discurso de victoria, la noche de las primarias, prometió “una ciudad donde reine la igualidad“, una mezcla de igualdad y equality.

Lamentablemente para Freddy, los analistas políticos dicen que él necesita exactamente lo que Villaraigosa logró en mayo: un apoyo abrumador entre los latinos y una porción mayoritaria del voto negro.

“Villaraigosa tenía una base sólida tanto en la comunidad latina como en la afroamericana en su segunda candidatura. En la primera (fallida, en 2001), tenía una base latina fuerte, pero no tenía un apoyo muy fuerte entre los afroamericanos”, explica Michael Jones-Correa, un profesor de Cornell University que estudia la política hispana de Nueva York.

Si las encuestas no mienten, Ferrer va por el mismo camino que Villaraigosa, pero en sentido contrario. Hace cuatro años gozaba del apoyo de una coalición de hispanos y negros. Esta vez, en cambio, metió la pata desde el inicio. En marzo dijo en una reunión de policías que no había sido un crimen la muerte de Amadou Diallo, un inmigrante africano que en 1999 recibió 19 tiros policiales al intentar sacar su billetera para identificarse. Desde entonces, su apoyo entre los votantes negros cayó.

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Si Ferrer es derrotado en noviembre, no será ésta la elección que quedará en su biografía como el gran “casi”, sino la de 2001. Ese año, las primarias demócratas se postergaron por razones obvias, ya que eran el 11 de septiembre. Algunos dicen que allí Ferrer, líder en los sondeos, perdió impulso. Cuando por fin se votó, un mes después, no logró el 40 por ciento necesario para evitar un desempate. Y, antes de la segunda vuelta, operativos de la campaña rival distribuyeron panfletos racistas en barrios mayormente blancos para incitar una reacción de votos anti-Ferrer.

Ferrer perdió y el Partido Demócrata quedó muy dividido, entre acusaciones de racismo y deshonestidad. El día de la elección general, muchos hispanos y negros, indignados, votaron por el republicano Bloomberg, un primerizo de la política.

En una larga conversación en 2003, cuando no era ni funcionario ni candidato, Ferrer me aseguró que la victoria de Bloomberg se debió “probablemente al voto de protesta más dramático que alguna vez se haya visto”. Muchos analistas en su momento coincidieron con ese diagnóstico.

Ferrer recordó que la mañana siguiente de la elección, el victorioso Bloomberg lo invitó a desayunar. Entre tocino y huevos, el republicano le hizo una confesión. “Me dijo que yo le habría ganado”, relató.

Pasaron cuatro años de aquéllo. Tras una buena gestión que sorprendió a muchos, Bloomberg ya puede desayunar solo. Y Ferrer parece tener menos energía y menos convocatoria que aquella vez. Al pie de la camioneta, le pregunto si siente que ésta es su revancha.

“No es una revancha”, dice, y vuelve al libreto: “Es restaurar los valores demócratas a la alcaldía”, repite. “Después de doce años de gobierno republicano, necesitamos valores demócratas en la alcaldía…” Etcétera.

Decido cambiar de tema.

En una ciudad donde según el columnista Juan González del New York Daily News el apellido más común en los padrones es Rodríguez, el alcalde invirtió mucho en buscar votos latinos. Contrató a un grupo de experimentados políticos hispanos y hasta el salsero Willie Colón le canta en un aviso: “Ay, Bloomberg p’aquí, Bloomberg p’allá, Bloomberg p’alcalde de la ciudad”. ¡Sugar!

Le pregunto a Ferrer cómo se siente con tantos políticos latinos en el equipo rival.

“¿Quién?”, me dice con fingida sorpresa, restándole importancia al asunto.

Le menciono a Fernando Mateo, un empresario dominicano republicano de gran astucia mediática, y a Ninfa Segarra, una ex compañera de secundaria de Ferrer y militante demócrata de vieja data.

“(Mateo) no es un político, es un empleado de la campaña Bloomberg”, desestima Freddy. “Y también Ninfa Segarra… Todos los funcionarios electos (hispanos) están conmigo. Y eso es importante: los representantes legítimos de la comunidad están conmigo”.

“¿Y el treinta por ciento de votantes hispanos que le dan las encuestas a Bloomberg?”, le digo, sin saber que días después esa cifra será para él sólo un recuerdo.

“Veremos a ver… veremos a ver… (sic)”, me responde, con tono confiado. Luego, pega la vuelta y se sube a la camioneta, apurado como quien tiene una cita con la Historia… aunque no parezca haber muchos más interesados en asistir.

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