La mente de un asesino

Hace diez años, Silvina Pelosso, una adolescente cordobesa, apareció estrangulada en un bosque de California. Cary Stayner, condenado a muerte por el crimen, vivió casi cuatro décadas sin signos de su patología, hasta que una noche se hundió en un raid de violaciones y asesinatos. Retrato psicológico y biografía de un hombre que creció entre abusos infantiles y horrores domésticos.

Por Diego Graglia / Abril de 2009



El 18 de marzo de 1999, el carpintero californiano Jim Powers salió al bosque en su Jeep a practicar tiro. Vivía a 1.300 metros de altura en una zona poco poblada de la Sierra Nevada, en el centro de California. Tomó la ruta 108, bordeada de cedros y pinos altos, y se desvió en un camino de tierra. Al otro lado de una cuesta, en un terreno que la gente usaba para tirar heladeras y lavarropas inservibles, vio un auto rojo, quemado y abandonado. Powers aún no lo sabía, pero el baúl guardaba los cuerpos carbonizados de dos mujeres.

Así comenzó a resolverse un enigma que desde hacía más de un mes confundía a agentes del FBI y de la policía, a una familia de Eureka, California, y a otra del barrio de San Vicente, Córdoba capital.

El 15 de febrero de ese año, tres mujeres habían desaparecido sin dejar rastro de su habitación de hotel cerca del Parque Nacional Yosemite, uno de los rincones más bellos y serenos de Estados Unidos. Eran la estadounidense Carole Sund, de 42 años, esposa y madre de cuatro hijos –tres de ellos adoptivos–, mujer de negocios meticulosa y llena de energía; su única hija natural, Juliana o “Juli”, de 15, hiperactiva porrista de secundaria; y la amiga de la familia Silvina Pelosso, cordobesa de 16, igual de activa y deportista, pero también capaz de subirse a un árbol para estar tranquila y pensar. Silvina había llegado a California en diciembre para pasar unos meses con los Sund y conocer su país.

Desde la última vez que alguien las vio, alquilando películas en el lobby de su hotel, cientos de voluntarios y agentes de siete fuerzas de seguridad las buscaban a pie, en auto y en helicópteros con sensores infrarrojos y radares capaces de detectar metal bajo la nieve. El adinerado padre de Carole ofrecía 300 mil dólares en recompensa por encontrar a las mujeres o a su Pontiac Grand Prix rojo de alquiler. El misterio había capturado las tapas de los diarios de Córdoba y Buenos Aires, de Los Angeles y San Francisco.

Gracias a que la patente trasera no se había quemado, el auto que encontró Powers fue reconocido como el Pontiac buscado. Pruebas de ADN revelarían que los cuerpos eran de Carole y Silvina. Las dos habían sido estranguladas. Una semana después, una carta anónima guió a los investigadores al cuerpo de Juli, abandonado cerca de un lago: las manos atadas al frente, los tobillos unidos con cinta adhesiva negra, la cabeza casi separada del cuerpo a tajos de cuchillo.

Tres años más tarde, Cary Stayner, de 41 años, sin ocupación fija, fue condenado a muerte por los tres asesinatos. Los investigadores, que se habían concentrado en una banda de adictos a las anfetaminas, sólo lo relacionaron con los crímenes después de que Stayner decapitó a una cuarta mujer, Joie Armstrong, una naturalista que vivía sola en el parque Yosemite.

La abogada de Stayner ni siquiera intentó despegarlo de los asesinatos de Carole, Juli y Silvina: su argumento para intentar salvarlo de la inyección letal fue que Stayner estaba loco. El jurado no le creyó y Stayner hoy espera su ejecución en la “fila de la muerte” de la cárcel de San Quintín.

Pero si Stayner no estaba loco, ¿por qué mató a las cuatro mujeres de manera tan brutal? ¿Cómo pudo llegar a los 37 años sin más que un
arresto menor –por el que no fue procesado– y de repente convertirse en un asesino serial, capaz de planear y ejecutar homicidios tan cargados de sadismo?

Los crímenes ocurridos entre febrero y julio de 1999 fueron el final de una historia que comenzó en 1961: una saga de enfermedad mental, abuso infantil y violencia que alejó a Stayner de la realidad hasta sumirlo en un mundo paralelo de visiones apocalípticas que, en su mente, lo empujaban a cometer actos salvajes.

También es una historia de oportunidades perdidas, con un final trágico que podría haberse evitado.

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Asus 51 años, la abogada Marcia Morrissey –rubia y pálida, a pesar de tener su estudio cerca de la playa de Santa Mónica– tenía fama entre los fiscales de California de ser una rival incansable y detallista. Había defendido al rapero Snoop Doggy Dogg, a quien libró de una acusación de acribillar a alguien desde un auto, y a los hermanos Erik y Lyle Menéndez, célebres por haber matado a sus padres en Beverly Hills.

Por esa reputación, un defensor público invitó a Morrissey a sumarse al equipo de Stayner en el caso de la naturalista Joie Armstrong, en 2000.  Morrissey logró un trato con los fiscales: prisión perpetua (y no pena de muerte) a cambio de la confesión. Como ya conocía al acusado, pidió ser nombrada su defensora pública para el caso Sund-Pelosso.

“El tema en este juicio no era si él había cometido el crimen –me dijo por teléfono tras el proceso–. El tema era su estado mental.”

Para sustentar el argumento de insanía, Morrissey hizo que psiquiatras entrevistaran a Stayner y prepararan un reporte con su historia clínica y antecedentes familiares. El capítulo que narra su vida comienza así: “Cary nació con una cabeza visiblemente malformada”. Leerlo es meterse en la mente de un asesino serial.

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Cary Anthony Stayner nació el 13 de agosto de 1961, el primero de cinco hijos que tuvieron los mormones Delbert y Kay. Vivían en una granja de almendras en Merced, un pueblo del centro de California, a menos de cien kilómetros de Yosemite.

El niño tardó en hablar, en decir frases, tenía problemas para coordinar los movimientos de las manos y para procesar los sonidos de las palabras. También desarrolló síntomas del trastorno obsesivo-compulsivo y de tricotilomanía, el impulso irrefrenable de arrancarse el pelo. De grande, usaría siempre una gorra para ocultar los huecos en su cabello crespo.

Desde chico, Stayner imaginaba escenas trágicas. Cuando su madre no estaba, tenía visiones de que alguien la ataba y la torturaba. También veía a una vecina caer en trampas construidas por él. Desde los 9 años, padecía distorsiones en su percepción: sentía que todo se aceleraba o tenía premoniciones, acompañadas por cosquilleos en la nariz. También sufría dolores de cabeza, náuseas, vómitos y manchas en su campo visual.

“Comenzó a tener visiones apocalípticas del Holocausto, masacres mundiales, guerras y atrocidades. Con frecuencia, las imágenes que veía en la tevé o leía en libros de la escuela alimentaban el contenido de esos pensamientos intrusos (…). Cary tiene una memoria visual extraordinaria y «no puede olvidar» las imágenes que le muestran. Por eso, es muy vulnerable a su entorno”, dice el informe.

Ese era el cuadro psiquiátrico de Stayner a los 11, en 1972, cuando la parte más traumática de su vida estaba por comenzar.

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La familia habia dejado la granja por un barrio de clase trabajadora en Merced. Una tarde, un abusador de menores llamado Kenneth Parnell raptó a Steven, el hermano de Cary de 7 años, cuando volvía de la escuela. Simulando ser su padre, lo arrastró de pueblo en pueblo a lo largo de siete años, durante los cuales abusó de él. A los 14, Steven fumaba marihuana, tomaba alcohol y tenía poco interés en la escuela. Pero cuando Parnell secuestró a un chico de 5 años, Steven se escapó con él y fue a la policía.

Las cámaras de tevé llegaron a casa de los Stayner antes que el propio Steven. La atención mediática –que llegó hasta el libro y la miniserie– nunca cesaría. Steven ya no pudo reintegrarse a la vida familiar y siguió con los vicios y la promiscuidad aprendidos de Parnell. Moriría en un accidente de moto a los 24 años.

El secuestro de Steven golpeó a toda la familia. Cary Stayner pensaba que era un castigo por sus malos pensamientos y que era él quien debía haber desaparecido. Su padre, Delbert, intentó suicidarse con una escopeta, pero le faltó coraje. El y su esposa dejaron de preocuparse por sus hijos.

El descuido llegó al punto de dejar que Cary pasara la noche con su tío Bobby Higgin, enfermo mental y ex convicto por abuso de menores. Higgin le mostró fotos de niñas desnudas –una imagen que lo perseguiría por décadas– y, según el psiquiatra, “esa noche, Cary estaba durmiendo en la misma cama que su tío y se despertó cuando Bobby le daba sexo oral”.

Stayner tenía un coeficiente intelectual más alto que el promedio, pero en la escuela le iba apenas bien. Las visiones no le permitían concentrarse. Sus compañeros lo votaron “el más tímido” en séptimo grado. Sólo logró destacarse como dibujante del periódico escolar. Nunca tuvo un contacto normal con las chicas. A los 14, ver a una vecina desnuda le trajo más imágenes violentas, cada vez más sexuales. Luego de tener visiones de guerra y genocidio, de batallas entre extraterrestres o caballeros medievales, dice el informe, “de inmediato, tenía que contrarrestar esos malos pensamientos con otros buenos, «puros», donde traía paz al mundo, curaba el VIH”.

Cuando Steven volvió, Cary, con 18 años, se volvió más invisible para su familia. En 1982, creyó ver a Pie Grande, una criatura mítica como el Yeti, en el parque Yosemite: para el psiquiatra, un ejemplo de “pensamiento al límite de la psicosis”. En 1986, Delbert Stayner fue acusado de abusar de dos de sus hijas. Le diagnosticaron exhibicionismo, estrés postraumático y personalidad pasivo-agresiva. Su esposa lo dejó. Las dos hijas se volverían adictas a las drogas y el alcohol, y una de ellas intentaría matarse dos veces.

Ya veinteañero, Cary Stayner era un tipo musculoso y bronceado por sus excursiones para acampar en Yosemite. Pero la vergüenza por sus visiones y por su cabello desparejo lo mantenía aislado de las chicas. “Nunca había aprendido a amar o a confiar en alguien”, dice el reporte. Salió con algunas mujeres, pero por pocos meses.

“Nunca fue realmente capaz de tener un encuentro sexual satisfactorio, debido a su impotencia de origen psicológico (…), otra manifestación de su incapacidad de convertirse psicológicamente en un adulto”, agrega.

En 1990, al año siguiente de que Steven se matara con su moto, alguien asesinó de tres balazos al tío Jerry Stayner en la casa que compartía con Cary. El caso nunca se resolvió, pero tras el crimen los síntomas de Stayner se hicieron tan severos que por primera vez buscó ayuda psiquiátrica (su padre siempre la desdeñó). Fue a ver a un doctor en Merced, que durante la consulta anotó: “Nunca me casé. Tirarme el pelo me alejó de una vida normal”. Le recetó un antidepresivo, pero Stayner pronto lo dejó porque se sentía como un zombi.

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Pasados los 30 años, Stayner estaba al borde del colapso psicológico y emocional.

En 1995, quiso suicidarse arrancando el auto en el garaje cerrado, pero no funcionó. “Visiones retorcidas de abducciones, incesto y asesinato” invadían su mente.

Un día, en la vidriería donde trabajaba, lloroso y tembloroso, empezó a golpear cosas y amenazó con matar a su jefe. Este se compadeció y lo llevó al hospital. Le diagnosticaron depresión, trastorno obsesivo-compulsivo y posible estrés postraumático. Stayner le dijo al doctor que temía no poder casarse por su impotencia y que se sentía culpable de lo que le pasaba a la gente cercana a él. Le dieron un medicamento antiobsesivo, pero el único tratamiento disponible era terapia de grupo.

“Si en ese momento le hubieran provisto un tratamiento adecuado –dice el informe–, los crímenes que cometió después podrían haber sido evitados.”

Stayner se asoció a un amigo para vender marihuana con fines medicinales. Para él, era una manera de hacer el bien, de contrarrestar todo el mal que lo rodeaba. Pero en 1997 los arrestaron: el uso medicinal de la droga acababa de ser legalizado, pero no su venta. Aunque Stayner no fue procesado, se quedó sin dinero y debió vender su casa rodante.

“Se quedó con pocas pertenencias y sin familia propia a los 35 años, cuando esperaba estar mejor establecido –dice el informe–. Este nuevo fracaso, esta pérdida de esperanza, marcaron el comienzo de su descenso final a un infierno psicótico.”

Tratando de huir de sus visiones, se fue a vivir a una carpa en Yosemite. Pero los zumbidos y tintineos que escuchaba se convirtieron en voces que lo llamaban cuando no había nadie cerca.

Ese verano consiguió trabajo como peón en el hotel Cedar Lodge, a la entrada del parque. Otra vez en contacto con gente, sentía que todos hablaban sobre secuestros, asesinatos y crímenes sexuales. En la tele sólo hallaba programas sobre asesinos seriales o las predicciones apocalípticas de Nostradamus para 1999. Sentía que eran mensajes: el mundo se acababa, se venía una ola de violencia y su destino era ser parte de ella.

“En su mundo interior destrozado, Cary estaba aislado del amor y de la redención que anhelaba pero no podía encontrar (…) Aquellos a quienes había intentado amar lo habían ignorado, habían abusado de él o habían muerto. Perdiendo todas sus esperanzas, se sumergió totalmente en una realidad alterna donde no había ley ni orden, sólo caos y violencia.”

Ese era el Cary Stayner que en la noche del 15 de febrero de 1999 golpeó la puerta de la habitación 509, la única ocupada en ese ala del hotel. Adentro, Carole leía un libro y Silvina y Juli estaban mirando Jerry Maguire.

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“Era una niña muy luchadora”, dice Raquel Cucco, la madre de Silvina Pelosso, por celular desde su campo en Las Varillas, Córdoba, donde vive desde hace unos años. “Había nacido con un problema de inmadurez del aparato digestivo, lloró mucho sus dos primeros años, no ganaba el peso suficiente. Pero después floreció con un cuerpo fuerte.”

Silvina practicaba patinaje artístico, hockey sobre patines, taekwondo, fútbol, básquet. Aprendió esquí acuático a los 5 años. “Solía darle abrazos a los árboles”, recuerda Raquel. Plantó fresnos que hoy crecen en el campo de su madre. También hacía yoga desde chiquita y le gustaba la música: las dos solían sentarse al piano a tocar a cuatro manos.

“Podía alternar momentos de un deporte bastante fuerte y después encaramarse a un árbol, sentarse tranquila, a tener un rato de reposo”, dice Raquel. Silvina era buena alumna, pero tan calmada que podía pasar desapercibida para los maestros.

Juli Sund también era activa, pero ella jamás bajaba el ritmo. Era porrista, hacía snowboard, tocaba el violín y el piano, y había comenzado a elegir universidad. Cuando Silvina viajó a Eureka, se sumó a la vida de su amiga: “A veces terminaba mareada –cuenta Raquel–, porque Juli no paraba nunca”.

Raquel Cucco y Carole Carrington se conocieron en 1973 cuando la estudiante de intercambio estadounidense vivió en casa de la joven cordobesa. Su amistad duró un cuarto de siglo, mientras se casaban con José Pelosso y Jens Sund y criaban a sus hijos: Paula y Silvina; Juli y sus hermanos adoptivos Jonah, Regina y Jimmy.

El plan era que las adolescentes repitieran la experiencia de sus madres. Tras el regreso de Silvina, Juli viajaría a Córdoba.

Raquel no sentía ninguna aprensión por dejar ir a su hija. Carole era una mujer ordenada que, además de mantener su casa en funcionamiento, participaba en la escuela de los chicos y, como voluntaria, ayudaba a futuros padres adoptivos, asistía ante la Corte a menores abusados y había fundado un hogar para discapacitados mentales.

Carole planeó en detalle el gran final del viaje de Silvina: una excursión a Yosemite y al Gran Cañón del Colorado. Volaron de Eureka a San Francisco y alquilaron el Pontiac rojo. Manejaron hasta Stockton, donde Juli participó en una competencia de porristas. El 15 de febrero pasearon por Yosemite –Silvina se sacó una foto abrazada a un árbol– y se hospedaron en el Cedar Lodge.

Alquilaron películas y se fueron al cuarto.

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El 24 de julio de 1999, los agentes del FBI Jeff Rinek y John Boles arrestaron a Cary Stayner en un resort nudista a 260 kilómetros del Cedar Lodge, como sospechoso en la muerte de la naturalista Joie Armstrong.

Una vez en la oficina del FBI, Stayner le contó a Rinek de su impotencia, del abuso sufrido cuando niño y le ofreció confesar “todo” lo que había pasado en Yosemite. A Rinek ni se le había ocurrido que Stayner tuviera algo que ver con las tres mujeres muertas.

Tras compartir una pizza de pepperoni con los agentes, Stayner confesó los cuatro asesinatos.

Relató que a fines de 1998 había decidido que obedecería a sus fantasías, en las que a esa altura se veía matando mujeres. Eligió como víctimas a una mujer con quien salía de cuando en cuando y a sus hijas de 8 y 11 años.

“No puedo explicar por qué sucedió esto –dijo, según citó la periodista Stacy Finz, del San Francisco Chronicle–. En un momento, estoy pensando en cosas muy buenas y en la paz del mundo, y al minuto siguiente siento como que podría matar a cada una de las personas en la faz de la Tierra.”

El 15 de febrero, Stayner pensaba concretar su obsesión. Pero cuando fue a visitar a la mujer, no hizo nada porque había un vecino cerca. Volvió al Cedar Lodge y vio a unas turistas jóvenes, pero también estaban con un hombre.

Entonces, se fijó en el Pontiac frente al cuarto 509. Por la ventana, vio a tres mujeres solas.

Con un revólver, un cuchillo grande, una cuerda y un rollo ancho de cinta adhesiva en su mochila, empezó a golpear en cuartos vecinos como si fuera un empleado en ronda de mantenimiento. Carole no quiso abrirle, pero cuando Stayner insistió en que tenía que revisar una pérdida de agua y amagó con llamar al gerente, cedió y lo dejó pasar.

En ese instante, dos adolescentes estudiosas y energéticas y una madre activa y generosa se quedaron solas en ese ala del hotel con un hombre sin casa ni trabajo fijos, sin logros ni expectativas en la vida, un solitario que fantaseaba con matar mujeres.

Stayner siguió con la farsa: durante unos minutos, hizo como que
buscaba filtraciones en el baño. Luego, salió, revólver en mano y dijo que quería dinero y las llaves del auto. Pero cuando Carole quiso buscar su cartera, le ordenó que se quedara en la cama. Con la cinta, la ató de pies y manos y le vendó la boca.

“Les dije que no me miraran, pero la chica española no me entendía y me seguía mirando, así que se lo grité –relató a los agentes–, y Juli le dijo que no me mirara.” Ató las manos de las chicas y también les vendó la boca. Las llevó a las dos al baño y, al volver al cuarto, estranguló a Carole con la cuerda, sentado en su espalda.

“No tenía ningún sentimiento –dijo–, como si estuviera cumpliendo una tarea.” Metió el cadáver en el baúl del Pontiac.

Regresó adentro e intentó abusar de las adolescentes, pero Silvina se resistió. “La puse en la bañera –dijo– y la estrangulé.”

Durante la noche, abusó de Juli y trató de violarla, pero no pudo.

Eran casi las cinco de la mañana. Stayner decidió partir en el Pontiac, sin saber hacia dónde, con los cadáveres en el baúl y Juli a su lado, atada y envuelta en una sábana rosada. Cuando amanecía, cerca del lago Don Pedro, la cargó por un sendero “como a una novia”.

“Le dije que ojalá hubiera podido quedármela, pero no podía. Le dije que había tenido una buena chance de escaparse en el cuarto; el revólver no tenía balas.”

Le cortó la garganta y la dejó caer por una pendiente.

“No sabía qué hacer –recordó–. Tan sólo me quedé ahí parado, mirando el puente que cruza el Don Pedro, tratando de ignorar lo que acababa de hacer (…) No fue fácil.”

Rinek le preguntó cuál era la última imagen que recordaba de Juli. Stayner respondió que la veía, herida, llevarse las manos atadas a la cabeza, pidiéndole en un gesto mudo que le diera un tiro de gracia.

Stayner dejó el Pontiac donde el carpintero Powers lo hallaría un mes después. Dos días después, volvió y lo quemó. Tiró una parte de la billetera de Carole a cien kilómetros de allí para despistar al FBI.

Tras un mes, mandó la carta con la ubicación del cuerpo de Juli. “Con ésta nos divertimos”, escribió, y selló el sobre con saliva de un empleado de hamburguesería a quien le pagó cinco dólares. Le dijo que era para un test de paternidad.

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Sin pistas firmes por el cuidado que Stayner tuvo de no dejar rastros en la habitación 509, el FBI –al que Raquel Cucco aún critica–, se concentró en ex convictos de la zona. Pese a que su apellido era conocido en la región, Stayner nunca llamó la atención de los agentes y, como empleado del Cedar Lodge, hasta los guió por las habitaciones en la búsqueda de pistas.

Pero cuando decapitó a Armstrong en el lugar donde una vez creyó ver a Pie Grande, alguien descubrió su camioneta. Huyó al resort nudista, donde lo reconocieron como el wanted que estaba saliendo en la tele. Antes de confesar, intentó ponerles una condición a Rinek y Boles: que le trajeran pornografía infantil, que nunca se había animado a conseguir solo.

Fue sentenciado a cadena perpetua por la muerte de Armstrong en noviembre de 2000.

En 2002, el juicio por Carole, Juli y Silvina se dividió en tres fases: culpabilidad, insanía y condena. Stayner perdió en las tres. El psiquiatra de la acusación dijo que Stayner entendía lo que hacía al cometer los crímenes y que había sido demasiado metódico como para ser considerado insano. El jurado decidió que Stayner estaba tan cuerdo como para saber que lo que hacía estaba mal. El 12 de diciembre fue condenado a la pena de muerte.

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El prisionero T75166 en San Quintín, Cary Stayner, es uno de los 677 condenados a muerte en California. Desde que volvió a adoptar la pena capital en 1978, el Estado sólo ejecutó a trece personas. El sistema es lento y disfuncional: Stayner lleva seis años esperando que le asignen un abogado para su apelación automática ante la Corte Suprema estatal. Además, las ejecuciones se suspendieron en 2006 mientras se evalúa si la inyección letal es un método inhumano.

Por eso, Stayner, de 47 años, puede pasar décadas en la celda 2 EB 111, de 1,35 por 3,30 metros. Está en el segundo nivel del Bloque Este: a través de las rejas, ve una pared y la pasarela por la que camina un guardia con una ametralladora.

El Bloque Este es ruidoso. Se oyen conversaciones de celda a celda, anuncios por los parlantes, rejas que se cierran, gritos, según me contó en una carta Michael Hunter, quien estuvo allí por matar a su padre y a su madrastra. Hay una luz en la celda que el preso controla, pero las de afuera están siempre prendidas. La celda tiene piso de cemento, una cama atornillada a la pared, inodoro y lavabo al fondo.

“Stayner nunca causó problemas”, dice el teniente Samuel Robinson, vocero de San Quintín. Consiguió una tele y una radio –es obligatorio usar auriculares–, recibe libros de la biblioteca y cartas, sale al apretado patio de ejercicios cinco horas por día y puede ducharse día por medio. Su única visita es una mujer que viene a verlo desde hace un par de años. El teniente no puede decir quién es.

“Es cordial, tranquilo –dice Robinson–. Mayormente, es reservado. Es de los que se hacen invisibles entre la población carcelaria.”

Aunque traté de entrevistar a Stayner, su defensa hace tiempo le pidió que no hablara con los medios, porque cuando lo hizo empeoró su situación judicial. Le escribí dos cartas –la única manera de iniciar contacto directo con él–, pero no me respondió.

Stayner está bien físicamente, pero su salud mental sigue igual, dice la abogada Marcia Morrissey: “Eso nunca va a cambiar”.

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Aunque su hija Paula reside en el pueblo, Raquel Cucco vive sola en el campo que era de su padre. Cuida a sus vacas, ovejas y chivos con la ayuda de un empleado. Tiene un rollo de alfalfa en medio del parque para practicar arquería y escribe poesías. En una, defiende a las loras que invaden la zona, “okupas indeseados” que se comen el maíz. “Tenemos que aprender a convivir con todos en este mundo”, explica.

Aún habla con los padres de Carole –que crearon una fundación para víctimas de crímenes– y se escribe con Jonah Sund, el hijo mayor de su amiga. De su propia familia, pide no hablar.

Raquel considera que Stayner no merece volver a la sociedad, pero está en contra de la pena de muerte: “La mayoría de esa gente es indeseable, tan indeseable como las loras en mi parque, pero de última no tenemos el derecho de quitarle la vida”.

Lamenta que la Justicia no se fijara en las causas profundas de la conducta de Stayner, como su padre abusador.

“Stayner fue el fusible que saltó de una red que estaba completamente sobrecargada –dice–. No sé si individualmente alguno (de los Stayner) habrá buscado alguna ayuda, pero tal vez el fabricante de monstruos todavía esté ahí.”

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